El vuelo del Fénix
por Jorge Di Paola
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El
planeta se ha vuelto raro. En menos de un siglo más de un millón de ejemplares
de una especie pedestre, y algunos miles de gatos y perros, algunos monos de
laboratorio y acaso leones de los circos y osos amaestrados están volando en la
alta atmósfera, constantemente. No importa que bajen a tierra, otros suben y
los reemplazan. Dentro de muy pocos años algunos centenares de obreros de nuevo
tipo girarán en el espacio cercano, a unos 300 kilómetros de altura, ingrávidos
pero apretando las tuercas de las estaciones en construcción. Les
pueden pasar cosas horribles. Si se rompe el traje presurizado, estallarán en
el vacío. Serán apenas moléculas orgánicas en órbita entre la Tierra y la
Luna. Otros volaron en pedazos ante los ojos del mundo. Son los mártires del
viaje a las estrellas: para llegar a ese destino sólo falta tiempo, dinero, y
un poco de suerte, una buena hibernación y un prolijo clonaje para los viajes
largos. Toda la tecnología dominante conduce hacía allí, lejos, bien lejos.
De otro modo ¿para qué? ¿Qué apuro hay? Algunos
años antes del accidente que volatilizó el trasbordador espacial y a su
tripulación, entre la que se contaba una maestra que prometía dar una clase
sobre el cielo, la revista Phisics to day estudió algunos problemas que
surgían del programa de los lanzadores o taxis espaciales. Consistía sobre
todo en cuestiones... de orden social, en una contradicción ideológica. Por un
lado, se trataba de un desarrollo científico y estaba subvencionado por el
Estado, y por otro estaba privatizado y vendía parte del espacio de carga- el
que no era para experimentos- a particulares que querían poner en órbita sus
satélites. Esto producía una especial tensión en su gerencia, que quería
financiar de este modo sus proyectos. No se podían suspender indefinidamente
los vuelos porque había clientes que protestaban. El resultado fue que el
camino crítico de su cuenta re gresiva obviaba los pequeños problemas, apurado
por lo que hoy se llamaría productividad. Métanle, fue la decisión. Aunque
hubo ingenieros que quisieron demorar la salida, el transbordador en cuestión
se elevó y estalló a pocos minutos de la partida. Todos
vimos los globos de fuego alimentados con hidrógeno líquido hace unos años,
en tiempo real en los televisores. Creo que todos saben que hay un aumento en la
cantidad de accidentes desde que aspectos de la teoría neoliberal redujeron los
gastos de mantenimiento de las aeronaves, en nombre de la mayor productividad.
No se trata tan sólo del cumplimento inexorable de las leyes de Murphy. También
hay otros elementos que no dependen de esa concepción. Cuando se inventa el avión
se inventa también el accidente de avión. Siempre los habrá, se dice. Hacia
el accidente cero Yo,
en realidad, no sé si en un futuro no los habrá en absoluto. Nada impide que
estemos muy cerca de evitar los accidentes por completo. El vuelo obedece a un
haz de leyes físicas tan confiables como la gravedad. Claro,
se dirá, también las casas se caen. Pero es una falacia: se caen las casas que
no obedecen a las leyes de la estática. Los aviones están muy bíen diseñados
en realidad, no es en general por errores de ese tipo, aeródinámico o
constructivo, que caen. Yo
intentaré decir por qué creo que no se tienen que caer en absoluto, y por qué
se caen aún, aunque está a la mano la tecnología de la seguridad completa.
Hay una confluencia de causas. Y los aviones capotan. 1.-
Seguramente el descuido en el mantenimiento es hoy la primera; pero, ¿qué se
descuida? 2.-
El mayor y más insidioso problema es el cableado. Hay kilómetros y kilómetros
de cable sometidos a vibraciones y fricciones. A veces se pelan, entran en
cortocircuito. Es muy difícil revisarlos. Los F16, aviones de caza -en la
guerra el mercado es secundario, el objetivo es derribar al enemigo, no ahorrar-
invertían misteriosamente los mandos y se caían. Se descubrió que la vibración
desgastaba unos conductores y causaba el desperfecto. Desde luego que en los
aviones de línea lo más frecuente es que, por esa causa, haya problemas con
las luces indicadoras. Se
enciende una que dice que los flaps están bajos, pero no lo están. Accidente
en puerta. 0 no se enciende la que tiene que indicar que efectivamente el tren
de aterrizaje bajó. Cualquiera de esas tontas fallas pueden causar el
accidente. La descripción analítica de los accidentes se encuentra en otra
nota en este mismo número. 3.-
Aunque en general se concluye que se trata de errores humanos, el físico Jorge
Pouzo opina que son más comunes los errores del automatismo. Un piloto
enfrentando el problema lo podría sortear, pero no tiene la oportunidad. El
automatismo está sobredimensionado, a la vez que infravalorado: los sistemas
automáticos actuales no son suficientemente inteligentes para confiarles a
ellos partes tan importantes del vuelo mientras cuando los pilotos permanecen
ociosos en la cabina. Pero la utopía del vuelo perfectamente seguro se
encuentra a la vuelta de desarrollos tecnológicos cercanos. a) Un sistema de
trasmisión eléctrica sin cables ya está desarrollado. b) Los sistemas automáticos
van mejorando progresivamente su nivel de inteligencia. Lo mismo sucede con los
sistemas de seguridad de los aeropuertos y del aire en general, con un espacio
cada vez mas controlados por ondas de radar y seguramente de partículas. Queda
un pequeño problema de prioridades. Minucias. Cuando el lucro y la competencia
se suman, hasta que no caigan todos los aviones que tienen que caer para
aumentar la productividad, la nueva generación no se podrá instalar por
completo y los nuevos inventos tendrán que esperar. Nosotros también.
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