Plantas Maestras:

Lo Sagrado y lo Profano
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Entrevista a Luis Eduardo Luna
Entrevista a Sacha Domenech

  Por Hugo Basile

Decían que querían ver a dios de frente.

Decían que creían en el amor como forma de contrarrestar a la guerra, y daban muestras de ello realizando una danza tántrica impregnada de substancias psicodélicas.

Y en cierta forma abrieron las puertas al mundo occidental al conocimiento de aquellas sustancias, que ya habían sido anticipadas por Antonin Artaud y por Carlos Castaneda, y refrendadas por Timothy Leary y Albert Hoffman.

Muchos de ellos decían. Sin embargo la locura de una guerra acabó con las esperanzas de toda una generación en América del Norte, trasladándose más tarde al resto del mundo, pues a pesar de todo, siempre han tenido la costumbre de pasarnos lo peor de ellos.

La moda del asesinato de líderes pacifistas ( Malcom X, Martin Luther King, y hasta el mismo Kennedy) más los miles de cadáveres  de jóvenes devueltos desde Vietnam, terminaron con la inocencia.

En cierto modo, no era factible conquistar el mundo a través del amor, aunque quedaba bien claro que se seguiría intentando a través de la guerra y en algunos casos, de la guerrilla.

Muchos de ellos decían. Y  muchos otros creían en lo que decían, y muchos pacifistas empezaron a formar movimientos insurgentes, tratando de implantar la paz de otra manera.

Esta vez, el establishment no se conformó con asesinar a los líderes, sino que en la década de los setenta, terminó por aniquilarlos ... a casi todos....

 

Muchos de ellos creían... y más tarde, comenzaron a aparecer muchas de las cosas que se habían encontrado durante esa búsqueda de la verdad, o de dios, o de la paz, o simplemente por la búsqueda en si misma, porque cuando se busca en serio se encuentran mas cosas de las que uno verdaderamente espera encontrar.

Los jóvenes del sol de la década de los sesenta, y también los de los setenta crearon una basta forma de expresión cultural, política, científica y si se quiere, también espiritual. Ellos abrieron las puertas a las culturas asiáticas y se contactaron con las expresiones culturales más profundas de sus propias tierras. También crearon elementos sintéticos como el LSD para encontrar esa verdad. Y sacaron a la luz otros tantos, como la mezcalina y el peyote, porque querían encontrar un vehículo que los ayudara a recorrer la geografía del alma... y lo encontraron.

 

Y después desaparecieron.

Desaparecieron  en todos los sentidos de la palabra.

En el norte muchos se guardaron, formaron sus familias, crecieron o murieron en Vietnam.

En el sur la mayoría figuran en las largas listas de desaparecidos.

Pero otros que lograron escapar a las dos cosas: a la vejez y a la muerte, continuaron evolucionando en pensamiento y forma.

Y los que creían buscaron en las fuentes y fueron  edificando lentamente una contracultura en lo social, y un nuevo paradigma en lo científico. Ese nuevo paradigma científico fue el resultado de la conjunción entre esa búsqueda espiritual y de los nuevos descubrimientos de la física.

Muchos habían hablado de las mismas cosas, los científicos y los chicos de las flores, pero hicieron falta mas de cuarenta años para que ambos se dieran cuenta de que estaban hablando de lo mismo.

A mediado de los años cincuenta la física cuántica había descubierto que el mundo era una incertidumbre, que la mitad de la unidad de la materia estaba formada por nada, al menos nada tangible.

Hace más de  dos mil quinientos años el taoísmo había definido que la mitad de la existencia era energía, y la otra mitad materia, es decir lo mismo que la física cuántica, y que una no podía existir sin la otra.

En la década de los setenta el movimiento del amor había encontrado, sin darse cuenta, un primer acercamiento de la unión entre lo cuántico y lo taoísta.

...Y en las década de los ochenta y de los noventa, y definitivamente, decidieron visitar ese espacio entre la materia y la energía, sostenidos en las ideas de escritores , poetas y visionarios habían plantado en ellos como semillas que, literalmente, crecerían en su interior.

 

El otro polo

 

Lejos de este lugar y de este tiempo, los pueblos más arcaicos habían descubierto lo transpersonal y habían visto a dios de frente más de una vez, a través del uso de ciertas plantas a las que llaman Plantas Maestras.

En el amazonas, en el Perú, en Alaska , en la Siberia o en Europa, las tribus originarias de cada continente habían utilizado Plantas maestras para acceder a un conocimiento de sí mismos y del mundo que los rodeaba, que iba más allá de lo intelectual. Eran las puertas del éxtasis y al  mismo tiempo a un mundo desconocido para nosotros.

Se las llama Plantas Maestras porque contienen por sí mismas un conocimiento que es transmitido a aquel que las usa, o como algunos dicen, les ayuda a recordar lo que son.

Las plantas transmiten un conocimiento que no está en la persona que las usa, y le da una perspectiva distinta de su vida mucho mas amplia y trascendente.

 

Hoy la genética sabe que el ADN es común en todos los seres vivos en sus cadenas más básicas, y que solo en un punto comienzan a definirse evolutivamente diferentes, por lo que básicamente hombres, plantas y animales serían genéticamente iguales hasta un punto determinado, y si los genes transmiten conocimiento, no sería  descabellado pensar que el uso de cierto tipo de sustancias genéticamente similares a nosotros, despierten el recuerdo de nuestro propio origen.

 

Este es el conocimiento de las plantas maestras y sus principios activos, fundamentalmente el DMT (demiltriptamina), compuesto que también produce nuestro cerebro, en los viajes “naturales” con peyote, ayahuasca o San Pedro, y la MDMA, en las sintéticas como el LSD o el Extasis .

 

Muchos investigadores y experimentadores, psiconautas que han entrado en esos mundos, creen que las sustancias naturales son las menos arriesgadas y de las que mayor enseñanza se puede sacar. Su ingesta pareciera estar reservada a aquellos que realmente están en la búsqueda de lo sagrado, pues los efectos colaterales además de su sabor son revulsivos, y nadie que no este realmente interesado en un viaje interior o terapéutico osaría probarla por mera torpeza.

 

LSD o Extasis, sintetizadas por el hombre y con efectos terapéuticos altamente trabajados, pertenecen más al campo de lo profano, más fáciles de tomar y sin otros efectos más allá del “viaje”, más acorde con un mundo que no sabe lo que quiere ni para qué lo quiere, pueden conducir a los mas avezados a un paraíso sin retorno del cual no extraerán enseñanza alguna, más precisamente porque no la buscan ni les  interesa.

 

Plantas Maestras que para aquel que no las toma como tales, generalmente les dejan una amarga enseñanza.

 

Ayahuasca o Uachuma, Peyote o Mezcalina, Amanita Muscaria o Iboga, cada una de estas plantas, cactus y hongos tiene un característica y se prepara de una determinada manera, cada una tiene una enseñanza.

Para su consumo debe haber una dieta previa y posterior, y la experiencia, desde el punto de vista físico no es nada agradable, y en ciertos casos, desde lo psíquico tampoco.

 

Dos posibilidades son las que tenemos, las de lo conciente y las de la sombra, nuestra alma tiene sus propios paraísos y sus propios infiernos, y depende del contexto, depende de lo que la  planta nos quiera mostrar de nosotros el resultado de la experiencia.

Quienes vienen experimentando desde la época de las flores, aconsejan que jamás debe tomarse solo, y que quien nos acompaña debe conocer bien a la planta, para saber hacia donde nos está llevando, para saber que aspecto de nuestro infierno o de nuestro paraíso estamos viendo, o si estamos parados a las puertas de nuestra propia muerte.

 

Es precisamente lo sagrado de la experiencia lo que hace que aquello que veamos resulte para nuestro beneficio y sea realmente terapéutico.

 

Fuera de este contexto, la experiencia alucinógena adquiere otra dimensión. Una dimensión que queda exclusivamente bajo nuestra responsabilidad. Y nuestra responsabilidad deviene de nuestra habilidad de respuesta bajo tales circunstancias, que en la mayoría de los casos suele ser nula.

Nos enfrentamos a lo peor de nosotros sin saber que hacer con ello, exacerbamos nuestras corazas emocionales sin un mínimo de contención.

Aun en la época de los chicos de las flores había un contexto social con características de búsqueda, de querer saber quienes eran, de florecimiento humanístico, pero ahora, en estos tiempos de despersonalización masiva, en una sociedad sin identidad pero por sobre todo sin interés en encontrar una, en un tejido social cortado a hachazos, en el que prontamente la neurosis dejara de ser la enfermedad natural de la cultura para pasar a ser la ezquizofrenia nuestra dama de compañía; en este contexto el uso de la planta en forma indiscriminada solo nos mostrará el vacío.

No el vacío del zen, ni el vacío del taoísmo, que son vacíos deseados (valga la contradicción porque en el zen y en el tao no existe el deseo), sino el vacío occidental, que es el de la locura, porque locura es delirio, pero si el delirio es compartido no es locura, y en este mundo globalizado , hasta la capacidad de compartir nuestros delirios nos están queriendo quitar..