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Plantas Maestras: Lo Sagrado y lo Profano Decían
que querían ver a dios de frente. Decían
que creían en el amor como forma de contrarrestar a la guerra, y daban
muestras de ello realizando una danza tántrica impregnada de
substancias psicodélicas. Y
en cierta forma abrieron las puertas al mundo occidental al conocimiento
de aquellas sustancias, que ya habían sido anticipadas por Antonin
Artaud y por Carlos Castaneda, y refrendadas por Timothy Leary y Albert
Hoffman. Muchos
de ellos decían. Sin embargo la locura de una guerra acabó con las
esperanzas de toda una generación en América del Norte, trasladándose
más tarde al resto del mundo, pues a pesar de todo, siempre han tenido
la costumbre de pasarnos lo peor de ellos. La
moda del asesinato de líderes pacifistas ( Malcom X, Martin Luther
King, y hasta el mismo Kennedy) más los miles de cadáveres de jóvenes devueltos desde Vietnam, terminaron con la
inocencia. En
cierto modo, no era factible conquistar el mundo a través del amor,
aunque quedaba bien claro que se seguiría intentando a través de la
guerra y en algunos casos, de la guerrilla. Muchos
de ellos decían. Y muchos
otros creían en lo que decían, y muchos pacifistas empezaron a formar
movimientos insurgentes, tratando de implantar la paz de otra manera. Esta
vez, el establishment no se conformó con asesinar a los líderes, sino
que en la década de los setenta, terminó por aniquilarlos ... a casi
todos.... Muchos
de ellos creían... y más tarde, comenzaron a aparecer muchas de las
cosas que se habían encontrado durante esa búsqueda de la verdad, o de
dios, o de la paz, o simplemente por la búsqueda en si misma, porque
cuando se busca en serio se encuentran mas cosas de las que uno
verdaderamente espera encontrar. Los
jóvenes del sol de la década de los sesenta, y también los de los
setenta crearon una basta forma de expresión cultural, política, científica
y si se quiere, también espiritual. Ellos abrieron las puertas a las
culturas asiáticas y se contactaron con las expresiones culturales más
profundas de sus propias tierras. También crearon elementos sintéticos
como el LSD para encontrar esa verdad. Y sacaron a la luz otros tantos,
como la mezcalina y el peyote, porque querían encontrar un vehículo
que los ayudara a recorrer la geografía del alma... y lo encontraron. Y
después desaparecieron. Desaparecieron
en todos los sentidos de la palabra. En
el norte muchos se guardaron, formaron sus familias, crecieron o
murieron en Vietnam. En
el sur la mayoría figuran en las largas listas de desaparecidos. Pero
otros que lograron escapar a las dos cosas: a la vejez y a la muerte,
continuaron evolucionando en pensamiento y forma. Y
los que creían buscaron en las fuentes y fueron edificando lentamente una contracultura en lo social, y un
nuevo paradigma en lo científico. Ese nuevo paradigma científico fue
el resultado de la conjunción entre esa búsqueda espiritual y de los
nuevos descubrimientos de la física. Muchos
habían hablado de las mismas cosas, los científicos y los chicos de
las flores, pero hicieron falta mas de cuarenta años para que ambos se
dieran cuenta de que estaban hablando de lo mismo. A
mediado de los años cincuenta la física cuántica había descubierto
que el mundo era una incertidumbre, que la mitad de la unidad de la
materia estaba formada por nada, al menos nada tangible. Hace
más de dos mil quinientos
años el taoísmo había definido que la mitad de la existencia era
energía, y la otra mitad materia, es decir lo mismo que la física cuántica,
y que una no podía existir sin la otra. En
la década de los setenta el movimiento del amor había encontrado, sin
darse cuenta, un primer acercamiento de la unión entre lo cuántico y
lo taoísta. ...Y
en las década de los ochenta y de los noventa, y definitivamente,
decidieron visitar ese espacio entre la materia y la energía,
sostenidos en las ideas de escritores , poetas y visionarios habían
plantado en ellos como semillas que, literalmente, crecerían en su
interior. El otro polo Lejos
de este lugar y de este tiempo, los pueblos más arcaicos habían
descubierto lo transpersonal y habían visto a dios de frente más de una
vez, a través del uso de ciertas plantas a las que llaman Plantas
Maestras. En
el amazonas, en el Perú, en Alaska , en la Siberia o en Europa, las
tribus originarias de cada continente habían utilizado Plantas maestras
para acceder a un conocimiento de sí mismos y del mundo que los rodeaba,
que iba más allá de lo intelectual. Eran las puertas del éxtasis y al mismo tiempo a un mundo desconocido para nosotros. Se
las llama Plantas Maestras porque contienen por sí mismas un conocimiento
que es transmitido a aquel que las usa, o como algunos dicen, les ayuda a
recordar lo que son. Las
plantas transmiten un conocimiento que no está en la persona que las usa,
y le da una perspectiva distinta de su vida mucho mas amplia y
trascendente. Hoy la genética sabe que el ADN es común en todos los seres vivos en sus cadenas más básicas, y que solo en un punto comienzan a definirse evolutivamente diferentes, por lo que básicamente hombres, plantas y animales serían genéticamente iguales hasta un punto determinado, y si los genes transmiten conocimiento, no sería descabellado pensar que el uso de cierto tipo de sustancias genéticamente similares a nosotros, despierten el recuerdo de nuestro propio origen. Este es el conocimiento de las plantas maestras y sus principios activos,
fundamentalmente el DMT (demiltriptamina), compuesto que también produce
nuestro cerebro, en los viajes “naturales” con peyote, ayahuasca o San
Pedro, y la MDMA, en las sintéticas como el LSD o el Extasis . Muchos investigadores y experimentadores, psiconautas que han entrado en
esos mundos, creen que las sustancias naturales son las menos arriesgadas
y de las que mayor enseñanza se puede sacar. Su ingesta pareciera estar
reservada a aquellos que realmente están en la búsqueda de lo sagrado,
pues los efectos colaterales además de su sabor son revulsivos, y nadie
que no este realmente interesado en un viaje interior o terapéutico osaría
probarla por mera torpeza. LSD o Extasis, sintetizadas por el hombre y con efectos terapéuticos
altamente trabajados, pertenecen más al campo de lo profano, más fáciles
de tomar y sin otros efectos más allá del “viaje”, más acorde con
un mundo que no sabe lo que quiere ni para qué lo quiere, pueden conducir
a los mas avezados a un paraíso sin retorno del cual no extraerán enseñanza
alguna, más precisamente porque no la buscan ni les
interesa. Plantas Maestras que para aquel que no las toma como tales, generalmente
les dejan una amarga enseñanza. Ayahuasca o Uachuma, Peyote o Mezcalina, Amanita Muscaria o Iboga, cada
una de estas plantas, cactus y hongos tiene un característica y se
prepara de una determinada manera, cada una tiene una enseñanza. Para su consumo debe haber una dieta previa y posterior, y la experiencia,
desde el punto de vista físico no es nada agradable, y en ciertos casos,
desde lo psíquico tampoco. Dos posibilidades son las que tenemos, las de lo conciente y las de la
sombra, nuestra alma tiene sus propios paraísos y sus propios infiernos,
y depende del contexto, depende de lo que la
planta nos quiera mostrar de nosotros el resultado de la
experiencia. Quienes vienen experimentando desde la época de las flores, aconsejan que
jamás debe tomarse solo, y que quien nos acompaña debe conocer bien a la
planta, para saber hacia donde nos está llevando, para saber que aspecto
de nuestro infierno o de nuestro paraíso estamos viendo, o si estamos
parados a las puertas de nuestra propia muerte. Es precisamente lo sagrado de la experiencia lo que hace que aquello que
veamos resulte para nuestro beneficio y sea realmente terapéutico. Fuera de este contexto, la experiencia alucinógena adquiere otra dimensión.
Una dimensión que queda exclusivamente bajo nuestra responsabilidad. Y
nuestra responsabilidad deviene de nuestra habilidad de respuesta bajo
tales circunstancias, que en la mayoría de los casos suele ser nula. Nos enfrentamos a lo peor de nosotros sin saber que hacer con ello,
exacerbamos nuestras corazas emocionales sin un mínimo de contención. Aun en la época de los chicos de las flores había un contexto social con
características de búsqueda, de querer saber quienes eran, de
florecimiento humanístico, pero ahora, en estos tiempos de
despersonalización masiva, en una sociedad sin identidad pero por sobre
todo sin interés en encontrar una, en un tejido social cortado a
hachazos, en el que prontamente la neurosis dejara de ser la enfermedad
natural de la cultura para pasar a ser la ezquizofrenia nuestra dama de
compañía; en este contexto el uso de la planta en forma indiscriminada
solo nos mostrará el vacío. No el vacío del zen, ni el vacío del taoísmo, que son vacíos deseados
(valga la contradicción porque en el zen y en el tao no existe el deseo),
sino el vacío occidental, que es el de la locura, porque locura es
delirio, pero si el delirio es compartido no es locura, y en este mundo
globalizado , hasta la capacidad de compartir nuestros delirios nos están
queriendo quitar.. |