EL PESO DE LA JUSTICIA
Por
Marcela
Verónica Falcoff
Buenos
Aires, quién lo duda, tiene sus misterios. En la esquina de Uruguay y
Montevideo, por ejemplo, hay un antiguo edificio donde funcionan 19 Juzgados de
Primera Instancia en lo Civil y que está habitado por varios fantasmas. Es que
antes de ser comprado por el Poder Judieial, en la década del '60, allí se
eneontraba el lujoso sanatorio Podestá. Por entonces relucia el mármol en el
hall de entrada, iluminado por imponentes arañas, y hasta había un patio
interno eon una fuente, que todavía se conserva, aunque en ella ya no corre el
agua. Hoy las aimas de los que pasaron sus últimas días en las habitaciones
del sanatorio, convertidas en dependencias eneargadas de impartir justicia, se
pasean por los angostos pasillos. Su diversión, gastarle toda clase de bromas a
los empleados judiciales y a los abogados, que van a ver cómo marchan los
engorrosos trámites de sus clientes.
Por
empezar, está el esp'sritu de un joven que murió atropellado, allá por el año
1949, ai que le encanta jugar con los cuatro ascensores del edificio, que son
largos y con doble entrada, preparados para llevar camillas. Los hace parar de
golpe, entre dos pisos, o seguir de largo. "Yo iba al tercero", dice
afiigida una abogada que tuvo que bajarse en el séptimo. A otro fantasma, que
pertenece a un banquero jubilado, le encanta haeer desaparecer papeles.
"iYo dejé un escrito en este expediente y ahora no está"! grita
enojado un abogado, al tiempo que se aeomoda los anteojos sobre la nariz Y los
ehieos de la mesa de entradas se miran resignados: "El fantasma del
banquero", dicen a coro. En general , una de las actividades preferidas de
estas almas inquietas es cambiar las eosas de lugar. Así, ia sucesión de la señora
García aparece en el casillero correspondiente a López. La nueva diversión de
los espíritus es hacer que los sistemas de eomputacsón se cuelguen. "Perdón
doctor, no andan las computadoras y no puedo imprimirle la copia que pidió",
se diseulpa una empleada , y el hombre saea enojado papel y lapicera pues, en
plena era informática, tendrá que copiar a mano las siete fojas de una
resolución.
Bien
sabía de estas eosas el antiguo eneargado Orlando, quien murió haee dos años
y que vivía en el edificio. "Se quejaba porque a la noche había ruidos de
cadenas que no lo dejaban dormir", cuenta una mujer policia que eumple
fiineiones en el lugar.
Pero
más allá de las cuestiones sobrenaturales, un informe elaborado en septiembre
de este año por el INTI, a solicitud de la Corte Suprema de Justieia, establece
que la sobrecarga que soporta el edificio "se encuentra en el máximo nivel
admisible". Por eso, muchos expedientes están siendo l1evados a los
archsvos de otros ed'sfieios.
En
verdad basta entrar al lugar para ver ei estado de deterioro en el que están
las instalaciones: paredes descascaradas, sueiedad, molduras que se caen. Además
de esto, el mobiliario de las dependencias de ios juzgados está también en mal
estado. En el entrepsso del edificio, por ejemplo, hay un gran sillón que
exhsbe, sin pudor por entre el tapizado roto, su relleno de goma espunla . Para
colmo, hay que andar con cuidado evitando tropezarse con los paquetes de
expedientes, que apilados en los pasillos, esperan para ser trasladados a un
sitio n ás seguro.
Según
explica el prosecretario del Juzgado número 49, Antonio Crisfófalo, "el
edifieio no está preparado para soportar tanto peso, y hace como diez años que
no se le hace
ningún
mantenimiento en serio. Solo se pintaron algunos pasillos". Cristófalo
hace el cálculo: "Acá hay 19 juzgados, y en cada uno hay 1000 legajos con
expedientes que ya no están en trámite. Cada legajo pesa unos 4 kilogramos.
Son 4 mil kilos por cada juzgado, que multiplicado por los 19 juzgados, da un
total de 76 mil kilos, sin contar los expedientes en trámite, ni los
muebles." ,
Dicen
los que conocen la historia del edificio que en la cúpula estaba el sector
"vip" del sanatorio, en el que eran atendidos, en la década del
cincuenta, varios políticos de renombre. Hoy en ese sector se cuelan,
confianzudos, los murciélagos.
"Acá
estuvo internado Don Samuel Yankelevich, uno de los iniciadores de la televisión
en el país", comenta Cristófalo y agrega: "pidió que le trajeran un
televisor y tuvieron que instalar una antena en la terraza para que se pueda
ver".
Donde
hoy está el Juzgado número 36, ubicado en la planta baja, se encontraba la
morgue, y el subsuelo, convertido en archivo, fue la vivienda de las monjas
carmelitas, encargadas de la lavandería. En la calle Viamonte, casi llegando a
Uruguay, está el portón de hierro por donde ingresaban las ambulancias
trayendo a los adinerados pacientes.
Según
un empleado de mantenimiento, que prefirió no dar su nombre, a partir de enero
del año que viene, y gracias a una licitación, el inmueble será restaurado.
"Ya no se constnxye así, con pilares sólidos y buena estructura",
dice orgulloso el empleado anónimo.
Habrá
que esperar a que esto se cumpla y si no, ver hasta donde un viejo sanatorio de
principios de siglo, habitado por fantasmas traviesos, es capaz de resistir el
peso de la justicia.