El periodismo pedante 

  por Jorge Garayoa

 Ciertos pazguatos sin mística simulan ser periodistas. Y más de un subnormal se convenció de que lo es. El periodismo es un buen traje, sin duda, estimula y sienta bien. A mí me pasa al revés. Aunque me dediqué a escribir, actuar y dirigir ficción, casi nunca escapé a la tentación de mirar alrededor y cuestionar lo que no me gustaba. ¡Chispas, Batman!, ¿por qué no podré evitar ser periodista si no pretendí serlo? Ahora espío y veo que en TV grandes periodistas engordan y otros se creen Hemingway (o mejor, Dickens, porque también hacen reír).

 

E

 

sta es una típica nota del género “perdiendo amigos”. No es mi intención, no quiero agredir a nadie. Sucede que si todos, en apariencia, dicen lo que piensan, creo tener el mismo derecho. Además ellos sabrán entenderme bien: para beneficiarse, a veces hay que hacer cosas que a uno no terminan de gustarle. Vamos a estudios.

 

STANISLAVSKY LO HIZO

En TV, contagiados por la vecindad de los actores, muchos periodistas decidieron tomar parte de su personalidad y convertirla en personaje permanente. A veces es un malvado, otras, un héroe, un picaro, una fierecilla domada o un enfermo imaginario.

Un ícono es José Corzo Gómez, aquel creador del Partido Blanco (que hoy renació estelarizado por Pinto Kramer, el defensor de Oviedo, Videla, Elena Cruz y otros virus). Su personaje era el puro que no podía dominar su indignación y castigaba el atril con su palma, todos los días y por cualquier cosa.

Gómez Fuentes fue otro. Encarnó al patriota triunfalista, aunque su victoria malvinera fuera de papel. En él debe haberse inspirado Mamet para la historia de “Mentiras que Matan”, el film donde arman una guerra inexistente.

El personaje eterno de Mauro Viale es el del buen padre al que el submundo kitsch lo invade a pesar de él. Y su héroe más reciente es el de víctima de la Alianza, que “lo echó” sin siquiera pagarle los pesitos que él reclama para ponerse un canal propio.

Nimo nos regala desde hace años un personaje de Ionesco: el sabio soberbio que dice lo que piensa, aunque esta facultad esté bloqueada por el peso de sus barrocos adornos dorados que lo convierten en el arbolito de Navidad de la prensa.

En el polo opuesto, Osvaldo Quiroga interpreta al muchacho culto, de buen gusto, sin pelos en la lengua pero educado, a quien toda señora bien desea como yerno. Me temo que es uno de los que Hanglin y Mactas satirizan como intelectual aburrido y vanidoso.

De Renzis está de moda: contra su voluntad personifica ayer y hoy a la víctima de la puteada mediática. Un programa en el que no lo insulten no tiene gracia. Ni rating.

Cherquis Bialo saltó del indignado por fallas en conductas futboleras al indignado por supuestos censores de la libertad de trabajo (ante sus alaridos y su cara de malo, muchos se indignan).

Any Ventura intenta una fiscal incisiva que, con manos en la cintura y mentón elevado, acorrala al entrevistado con frases como “¡No se escape, conteste!”. Pero no le sale, sus panelistas la interrumpen.

El Angel de la Medianoche (no me atrevo a imaginar a Lucifer) la tiene clara: nadie como él encarna al justiciero que combate la hipocresía. En su lucha, el héroe no tiene tiempo de respetar y, cual 007 del teléfono, está habilitado para matar, escupir, cortar o insultar al que se le cante.

Lía Salgado hace una heroína: la defensora de la mujer incomprendida, usada, abandonada, traicionada, golpeada, violada o, en el colmo de la desgracia, mal atendida.

No se pierda a los astros del momento y a la revelación del firmamento actual del periodismo, “el Troglodita de panel”. Próximamente en esta nota.

 

EL REPORTAJE DEBE SEGUIR

En TV hay poco periodismo. Lo que abunda es el show, el juego neoperiodístico, fusión indefinible entre ficción y realidad. Las dos estrellas de hoy son Rial (el hábil combinador de alegría y escándalo dramático) y Gelblung (en su versión del serio, ya que en radio hace el jodón). Son compañeros en radio y enemigos en tele, lo que prueba que el amor y el odio son dos impostores, como el triunfo y el fracaso de Kipling en “If”.

Quienes sólo los critican no ven sus méritos medulales reales (el que prefiera hacer un periodismo de mayor altura en horario central es libre de ofrecerlo a los canales, a ver si lo aceptan): con Mauro, son los tres creativos periodísticos más capaces de TV. Saben elaborar la forma más impactante de sacarle jugo a la noticia o inventarla cuando ésta no existe. Ese periodismo es el que pide la audiencia, el monstruo de mil cabezas así lo exige. Por eso Memoria y Paf suelen emitir en cadena: la Nannis en uno y su hermano en otro; la mamá de Rodrigo grabada y en vivo; o “José Me Retiro” desde el Luna al mismo tiempo en ambos. A veces son sorprendidos por piñas mediáticas, como cuando Gelblung habla por teléfono con su amigo Hugo Moser, que afirma estar avengonzado por el programa que Chiche está haciendo y, al mandarle éste un abrazo, Moser dice sentir “el abrazo del diablo”. O cuando Romay deschava al aire que la primicia que acaba de dar Rial (“fui testigo”) no es verdad. Son riesgos del periodismo sin red.

Lo más gracioso está en el panel. Ahí debe haber polémica sí o sí (la unanimidad es una espanta rating) y con ese fin es clave la presencia de un Troglodita, un autoritario de moralina previsible, un intolerante inquisidor, el personaje odiado de toda historia. Chiche tiene un señor calvo que se irrita con todo lo que le huela a inmoral, distinto o raro (un Corzo Gómez sin atril) y Rial, a un defensor de Menem y Sovovich que enarbola su amistad con Maradona como un mérito, sonríe sobrador perdonándole la vida al que piensa diferente y alude a su compañera como “la zurdita” debido a su pecado de no ser facha. De lo que saben ambos es de fútbol, pero la TV los alquimizó en opinadores polirrubros.

No sólo el Troglodita debe simular que sabe de todo: el resto del panel también. Y, lo más surrealista, opinar autoritariamente aunque toquen de oído. Los que me gustan son Tony (una fusión de delirio y sensatez) y Ana von Rebeur (hace la linda que piensa), pero mi opinión es muy subjetiva porque los quiero a los dos (son amores distintos).

Una de arena: ésta es una molesta ironía para el detractor del amarillismo y amante del buen libro. La expresión “prensa amarilla” nació en el personaje Yellow Kid (pibe amarillo), tira que salió en 1896 en un diario de Joseph Pulitzer y describía el periodismo pulitzeriano (tan sensacionalista como el de su rival, William Hearts). Y hoy es un honor ganar el Pulitzer. No se extrañe si en el futuro a los grandes literatos los premian con el Mauro Viale.

 

PEOR PERO ANTES: LAS TOTAS

El periodismo de hoy privilegia la primicia a la veracidad. Informar antes es el gran valor, informar bien no se sabe qué es.

Se puso de moda también el estilo audaz ante un entrevistado con obvias manchas en su pasado, pero en demasiados casos esto no pasa de parodia. El periodista pone cara de “ahora te reviento” y le pregunta una “masita”, ese tiro del fútbol que amenaza con perforar la red y termina dormido en manos del arquero. Aunque la respuesta mentirosa esté servida en bandeja, muchos periodistas no repreguntan, lo que equivale a que un jugador al que le sacan la pelota no intente recuperarla. En ese informador faltan reflejos (que no sería tan grave) o falta honestidad (que sí lo es). Cuando a Cavallo le preguntaron en TV cuántos años hacía que estaba en política y contestó 14 (obviando sus puestitos durante el Proceso) su cuestionador no le dijo nada. Pero era La Tota, el personaje de Miguel del Sel. El drama es que muchos periodistas hacen de La Tota.

Estamos habituados entonces a leyendas que anuncian “¡Primicia!”, “¡Escándalo exclusivo!”, “¡Antes que nadie!”, pero no recuerdo ninguna como “¡Repreguntamos!”, “¡La verdad!”, “¡No simulamos reventar a los malditos, lo hacemos!”. La estética Crónica TV (con letras hipercatástrofe y un locutor que grita lo que estamos leyendo) hizo escuela invadiendo chismoprogramas, magazines y otros. No falta mucho para que, anunciando la inminente receta de cocina, nos sacudan con: “¡Escalofriante: el zapallito de Bruselas descuartizado! ¡Exclusivo en nuestra sartén!”.

 

LOS MOVILEGOS

En la búsqueda de estrellato y subiendo los peldaños hacia el programa propio, algunos movileros se convierten en movilegos, olvidándose que están al principio de la escalera. Sea despabilado o zopenco, ese cronista móvil elige la pedantería y la prepotencia como estilo.

Es verdad que la misión que se le impone no es respetar a nadie sino lograr la nota a toda costa. El problema es que se la cree y, optando por destacarse en el salvajismo, se convierte en un buitre feroz cuando acorrala a alguien en la calle y en un fiscal implacable cuando lo interroga en el canal, un impiadoso comecarroña que ataca sin discriminar. Es así como, convertido en panelista de programas como “El Martillo”, el movilego (Mercedes Nilsen es quizá su adalid) mira al entrevistado con desprecio, lo interrumpe sin dejarlo terminar la respuesta y lo prepotea una y otra vez. Eso parece ser el periodismo comprometido, justiciero, que busca la verdad. ¡Tomatelás!

 

LANATA CONTRA EL VIDRIO

Hace años Neustadt representaba al país, con su hábil flexibilidad y su talento para convencer de que su agudeza era sinónimo de sinceridad. Luego fue el turno de Grondona (Ma­riano, porque Julio no usa turnos, es el dueño del telo futbolístico), con su elegante mesura y su capacidad para dar la sensación de que alguien tan culto no pudo haber hecho nada reprochable. Hoy Bernardo está arrinconado en su FM y en cable; y Mariano aburrió (me lo confirma mi mamá, que es un termómetro inapelable). Otro gana el rating. ¿Quién? No, Tinelli no, Tinelli es Nietzsche, está más allá del bien y del mal y del regular. Me refiero a Lanata.

Dije que gana Jorge Lanata, no sé si fui claro. El jugado, el kamikaze, el que parió con dolor y deleite (de allí viene “Día D”) a Página/12  Lanata –el arriesgado combativo que representaba desde un rincón a varios que no eran multitud– es en el 2000 el referente periodístico de la TV. Esto puso contentos a muchos. A mí, por ejemplo. Pero siempre en un pasillo aparece uno que jode.

–¿Creés que cambió el país o que cambió Lanata?

–Y, sí, el país cambió, ya no están María Julia, Kohan…

– El presidente es De La Rúa –insistió– Corach es senador, hay muchos Alderetes que no están presos y votamos contra Cuba, ¿sabías? ¿O creés que al país lo gobierna la izquierda?

–No, claro, la izquierda (a pesar del esfuerzo de Aliverti) sigue fiel al principio “divide y perderás” y todos se resisten ferozmente a ser cola de león mientras simulan que no saben lo que saben: que unidos podrían ganarle a Cavallo. ¿Y qué tiene que ver?

–¡Que Lanata era de izquierda, flaco!

–¿Y ya no es ninguna de las dos cosas?

–Por si no entendiste: o cambió el país o cambió Lanata.

–Es obvio que Lanata cambió. Era flaquito, tenía barba y mucho pelo.

–¿Y adentro? ¿No le ves la panza periodística? A sus ideales se les cayeron los rulos, a su pureza le crecieron rollos y su adrenalina de guerrero está dañada por la nicotina.

Furioso, dijo algo también sobre “carne podrida” que no entendí. Yo qué sé, al tipo lo veo saludable, con su carne sanita. Valoro sus denuncias y su humor me hace reír mucho. Pero algunos de sus viejos amigos denuncian que les genera lágrimas. Ufa, ¿y ahora que veo a las 22? Vamos al último corte.

 

HAY QUE LAMENTAR VÍCTIMAS

Lo peor es una sospecha incómoda. La filosofía útil (la que nos sirve para mejorar) dice que ante todo error, indignidad o agachada ajena, debemos buscar en qué somos cómplices. ¿Y no será que un culpable más de todo lo que dije soy yo, usted, es el que ve, oye y lee lo que le dan? ¿No seremos un poquito hipócritas y consumimos lo que criticamos?

Por desgracia, no creo en la vieja falacia “la gente acepta lo malo porque no le ofrecen lo bueno”. Es más cómodo creer que los malos son los canales, pero me parece que en ciertos casos las mayorías mandan en su privacidad: así como no se destacan por su gusto exquisito (ver Rodrigo arrastrando multitudes) tampoco son demasiado lúcidas (ver menemismo ganando elecciones). En una de esas, cada pueblo tiene el periodismo que se merece.

¡Ay, Dios!, ¿por qué me pondré a escribir cosas que sé que me van a dar doler la cabeza? Quedemos en línea privada. Ampliaremos.