Palabra de pobre

Por Cecilia Moguilansky


El economista de Bangladesh, Muhammad Yunus, creó un banco que presta dinero  a los pobres. Un sistema financiero inédito,  inconcebible para los “banqueros de la globalización”, que, con sus planes millonarios no solucionan el problema de la marginación  y miseria que ellos provocan.

 

 

Muhammad Yunus nació en Bangladesh, un país de 140.000 km2 que en ese entonces tenía 75 millones de habitantes y hoy en día 130 millones.

Hijo de una familia de clase media musulmana, no sufrió más privaciones que las que su padre le impuso para que no se distrajera de sus estudios. Pese esas estrictas reglas, a los trece años,  Muhammad se las ingenió para acceder a otras actividades por las suyas. Le interesaba la pintura  y pintó a escondidas. Quería acceder a otras lecturas y junto a su hermano ideó un plan para obtener su revista preferida ya que no contaba con el dinero necesario:  en la publicación había un concurso cuyos ganadores recibían una suscripción gratuita. La lista de los ganadores se publicaba en la revista. Escogió por azar el nombre de uno de ellos y le escribió al jefe de redacción:

“Estimado señor:

Me llamo equis, soy uno de los ganadores del concurso y he cambiado de dirección. A contar de hoy le ruego hacerme llegar la revista al número tanto de la calle Bixirhat.”

Esa mudanza ficticia se transformó en real años más tarde cuando decidió viajar a los Estados Unidos para perfeccionar sus estudios en economía. En 1974, luego de la independencia alcanzada por su país  después de una  guerra separatista con Pakistán, volvió y se encontró con un territorio devastado, en el que toda la euforia de la independencia se había esfumado por causa de la pobreza que alcanzaba niveles de hambruna generalizada.

Yunus enseñaba elegantes teorías económicas aprendidas en la Universidad de Vanderbilt y les decía a sus estudiantes que todos los problemas económicos tenían solución. Era sólo cuestión de aplicar las teorías correctamente. Pero al salir a la calle se encontraba con la gente que moría de hambre. Entonces comenzó a perder la fe en lo que enseñaba, las teorías no tenían correlato en la práctica.

 Quería hacer algo al respecto pero de nada le servían sus conocimientos teóricos. La unica forma era salir a recorrer Jofra, la aldea que circundaba al campus.

 

 

Una mañana, en las afueras de Jofra, Yunus encontró en la puerta de una miserable choza a una mujer que fabricaba hermosas banquetas de bambú. Su miserable vivienda no tenía nada, ni siquiera techo. Al observarla trabajar, Muhammad se preguntó cómo alguien que realizaba una pieza tan bella, no lograba una renta que le permitiera salir de la situación de hambre en la que se hallaba.

La artesana le contó que ganaba 2 centavos diarios por el producto de su trabajo, lo cual no le permitía comprar el bambú cuyo costo ascendía a 25 centavos. Por este motivo recurría al prestamista, quien le compraba el producto a un precio irrisorio: la ganancia era escasa, y el circulo se repetía. Es decir, este negocio-trabajo era en realidad una esclavitud. Todo lo que la mujer necesitaba para modificar esa situación y mejorar su vida era una pequeña suma de dinero, solamente  25 centavos.

A partir de esta experiencia decidió averiguar más sobre este proceso de explotación:  había 42 personas que necesitarían tan sólo 27 dólares para emprender las tareas que realizaban por su cuenta.

 

 

En la Universidad, Yunus enseñaba las teorías de desarrollo nacional donde se hablaba de millones de dólares y de cómo llevarlas a cabo, pero fuera del campus cientos de personas no tenían que comer. Una frustrante contradicción.

Decidió prestarles el dinero de su propio bolsillo proponiéndoles que se tomaran todo el tiempo necesario para devolverlo, pero bajo la condición de vender sus productos en el mercado abierto, obteniendo así un precio justo. Pensó que su iniciativa podía extenderse y fue a un banco para proponerla. Pero al gerente del banco le pareció una broma:

 -“No se le puede prestar dinero a la gente pobre, los pobres no son dignos de crédito.

-¿Por qué no?

-Tu lo sabes –replicó el banquero-, no tienen garantías. Si se les da dinero y su estómago esta vacío, lo usarán para comprar comida y no devolverán el préstamo.

-¿Cómo sabes que ocurrirá de esa forma? ¿Has probado?

- No, no he probado. Pero se sabe que así es.”

La insistencia no recibió más que negativas. Finalmente en 1976  pudo negociar la obtención de un crédito personal  de 300 dólares para financiar los prestamos  de las personas que el reconociera como prestatarias.

Pese a la actitud incrédula de los gerentes, el dinero fue devuelto hasta el último centavo. Pero el banco se negó a repetir la experiencia argumentando que el dinero había sido devuelto por tratarse de sumas pequeñas. Luego Muhammad decidió extenderlo a dos aldeas y obtuvo el mismo resultado exitoso. Aún cuando los banqueros ya no tenían excusas para oponerse, puesto que los pobres habían devuelto centavo a centavo, seguían negándose. Fueron veinte, cincuenta, cien aldeas y el éxito continuó. El banco no cambió de idea.

La indiferencia general engendró naturalmente el proyecto de crear un banco propio, pero para ello, se necesitaba de la autorización estatal. “Ya son suficientes los problemas que tenemos con los ricos que no devuelven sus créditos”, le contestaron.

En 1983, a dos años de iniciadas las negociaciones, Yunus obtuvo el permiso. Y hoy 22 años después, tiene 2.400.000 prestatarios en todo Bangladesh de los cuales el 94% son mujeres.  El nivel de reembolso es del 98%, el más alto de todos los sistemas bancarios.

 

A partir de su primera experiencia Yunus hizo y mantiene dos acusaciones al sistema bancario:

Primero, el sistema está diseñado para rechazar a los pobres, y así crear un muro llamado “garantías” o “seguridad” que los pobres no pueden superar. Y sí tienen, en cambio, acceso los ricos para conseguir más dinero para sí.

Segundo: rechazan a las mujeres, tienen prejuicios contra las mismas. Ellas no pueden obtener prestamos. Así, quiso asegurarse al empezar que el 50% de los prestatarios fueran mujeres.

“Pero ellas no querían. Tenían miedo, nunca habían tocado dinero. De eso se ocupaban los hombres. Fue un gran trabajo persuadirlas”.

Las mujeres pobres en Bangladesh son las más pobres entre los pobres. Por cuestiones culturales sienten ya desde su nacimiento que son una desgracia para su familia por el solo hecho de no ser hombres. Sienten que son una carga, al casarse sus familias deben pagar una dote al marido. Por este mismo motivo los maridos luego de un tiempo de convivencia y de haber tenido hijos, suelen abandonarlas para casarse con otra nuevamente y recibir así una nueva cantidad de dinero. Ellas toman sus hijos y vuelven a casa de sus padres donde tampoco son bien recibidas: son más bocas que alimentar. El rechazo llega de todas partes.

Estas mujeres abandonadas fueron las primeras beneficiarias del Grameen: nada podía ser más espantoso que lo que ya habían sufrido y  entonces, para ellas, valía la pena probar. Gradualmente funcionó.

A partir de la experiencia positiva lograron confianza en sí mismas, confianza que se llama dignidad. Se genera autoestima y pasaron de estar a merced de todo el mundo a sentir que lo dominaban. Otras vieron que también podían hacerlo. Así en seis años pasaron de tener del 50% de prestatarias mujeres al 94%.

Cuando le preguntan a Mamad Yunus por qué le interesan tanto las mujeres explica que tiene dos buenos motivos para hacerlo:

En primer lugar porque son mejores administradoras que los hombres porque extraen el máximo beneficio de lo que producen. Y luego porque los destinatarios de esos beneficios son sus hijos.

Como la mujer trabaja en la casa debe cuidarla. Entonces se mejora el hábitat y la calidad nutricional de los chicos. Además de proporcionar una mejor educación, mejorando así el nivel  y la calidad de vida del grupo familiar.

En 1984, el Grameen Bank implementó  una línea de créditos para viviendas que otorgaba 300 dólares a cada uno de ellos y que permitían construir una casa con techo de zinc, sanitarios y agua potable. Estos microcréditos no le representó al banco gasto alguno ya que el dinero regresa a él con intereses.

 

Grameen Bank

El Grameen se diferencia en todo de los bancos convencionales. Es un concepto nuevo: precisamente lo opuesto a la clásica práctica bancaria.

Un banco convencional busca clientes con dinero que puedan garantizar sus operaciones, en éste “cuanto menos tengas más prioridad tendrás”. Los otros bancos quieren conocer la propuesta del cliente y cuál es su experiencia para garantizar el éxito del negocio. En el Grameen se encuentran con que la gente no sabe que hacer, nunca ha hecho negocios, eso es lo que les resulta atractivo ya que pueden asesorarlos en su beneficio.

Todo se basa en la confianza, no hay documentos legales, no hay papeles que puedan llevarse ante un juzgado. Es inútil para sus objetivos, ya que si para un préstamo de 50 dólares hay que firmar toda una cantidad de papeles, habría que contratar muchos abogados que cobran honorarios muchas veces superiores al préstamo mismo. La gestión del crédito se basa en un apretón de manos.

 El nuevo sistema bancario tiene 1.138 sucursales en todo el país. Los prestamos para las actividades generadoras de ingresos se ofrecen a 50 semanas y se pagan en cuotas semanales con un interés del 20% anual, los préstamos paras viviendas son a diez años, y el interés correspondiente es del 8% anual, una cifra muy inferior a lo que cobran los prestamistas usureros.

 

La pregunta relevante es si ante esta situación los bancos resultan útiles para la gente. Si se contesta afirmativamente a esa pregunta se podría salir de ese sistema financiero perverso. La eficacia de la idea de Yunus, por ejemplo, ha significado un crecimiento en el nivel de educación, el 100 por ciento de los hijos de los prestatarios concurren a las escuelas, garantizándose así un porvenir sustentable.

El banco es propiedad de los prestatarios para no perder el propósito inicial. El Grameen crea también la posibilidad de poseer acciones de empresas que el mismo banco  fundó, para que sirvan como inversión a futuro para los beneficiarios.

Hay más de 6 países que adoptaron programas del Gremeen y no sólo son países del tercer mundo.  Los países industrializados están muy interesados en el sistema por varias razones.

El sistema de seguridad social no sólo  resulta caro, sino ineficiente ya que la gente  que sobrevive gracias a esta ayuda se halla excluida  del sistema laboral e incapaz de automantenerse. Los que se encuentran en estos programas, en cambio, logran construir una alternativa de vida más digna, iniciar su propio negocio y pasar a ser  contribuyentes.

Por si  fuera poco, queda solucionado el problema del desempleo.