CIENCIA

EL NACIMIENTO DEL POSTHUMANO
Por Marcelo Cohen


"La máquina de la carne es una red de instituciones especializadas en genética, biología celular, bioquímica, reproducción humana, neurología y farmacología, combinadas con una tecnocracia de la visión interior y la cirugía".

La biotecnología abandonó el ámbito científico para incorporarse a las reglas del capitalismo. Dos empresas norteamericanas ya vislumbraron un futuro gran negocio en la manipulación genética, y están experimentando la clonación de embriones humanos con fines mercantilistas. La noticia generó fantasías macabras, dudas sobre las posibilidades reales de mejorar la especie humana, y una serie de reflexiones sobre la existencia de Robocop. 


Autonomedia, una minúscula editorial de Brooklyn, USA, publicó hace poco un libro titulado La máquina de la carne: ciborgs, bebés de diseño y nueva conciencia eugénica. El autor colectivo es un cierto Critical Art Ensemble y, si bien ningún artículo lleva firma, en la página de agradecimientos hay una veintena de nombres, ninguno de los cuales, estoy casi seguro, le sonar· mucho al aficionado a los catálogos de ensayo, locales o extranjeros. Hay en cambio una lista de otros libros de Autonomedia, en donde Toni Negri, Guattari, Foucault o Virilio descuellan entre personalidades escurridizas como el emergente neoanarquista Hakim Bey, autor del panfleto de resistencia civil La Zona Autónoma Temporaria. El semianonimato le permiten al CAE ser generoso. Bajo el copyright de La máquina de la carne uno lee que el libro se puede "citar y piratear libremente". Los miembros del CAE no creen que el desarrollo de las nuevas tecnologías bio-genéticas obedezca a un plan elitista para el control del mundo; más bien aplican técnicas de análisis socio-económico para presentarlo como una consecuencia extrema de la mecánica capitalista. Pero tienen su peculiar frescura, tan contagiosa como la paranoia, y claramente están atentos e informados. Así que uno aprovecha su oferta, y lo que sigue puede entenderse como un berrinche argentino y la glosa un ensayo de intervención norteamericano. A modo de antídoto, se incluye información de tomada de otro libro reciente, Cómo nos hacemos posthumanos, de N. Katherine Hayles, editado por la irreprochable Chicago University Press.

Nada de esto es intempestivo. En los últimos meses, un mero lector de diarios habrá sufrido un constante goteo de informaciones difíciles, de aspecto que no todos querrían calificar de tétrico. Dos empresas privadas norteamericanas, Geron y Advanced Cell Therapeutics, están experimentando con la clonación de embriones humanos; y aunque aducen que no se proponen producir una criatura completa, sino utilizar los embriones como bancos de células madre para tratar enfermedades horrendas (desde diabetes hasta Parkinson), Clinton no ha conseguido que se declare ilegal esa clase de investigaciones (sólo que no se les destinen fondos públicos). Dentro de poco habrá tantos bancos privados de células clonadas como hay ya fondos de esperma y huevos para bebés probeta, y más lucrativos. En Edimburgo, mientras, el envejecimiento prematuro de la oveja Dolly indica que no se logró detener el reloj biológico de la célula que le dio origen (perteneciente a una oveja de cierta edad). La mayoría de las vacas clonadas sufre de trastornos hepáticos, circulatorios y pulmonares, cuando no salen deformes (y la mitad de las madres mueren). Acá en las pampas, una mujer dio a luz un bebé a partir de un embrión congelado en 1989, cuando otra mujer beneficiaria de esperma ajeno decidió no usar todos los Óvulos que le habían fecundado los especialistas. El brasileño Miguel Nicoleis consiguió implantar en el tejido neuronal de un mono macaco un chip mediante el cual el mono puede mover un brazo robótico con solo pensarlo. Y para los amantes de las grandes producciones: en el Artico, una expedición francesa financiada por el canal Discovery se propone extraer el ADN de un mamut bien conservado en frío, a ver si puede reproducirlo para amenizar nuestro menguante stock de bestias peludas. Sobre esto, el prestigioso paleontólogo argentino Rosendo Pascual comentó: "Por un lado, siento una tremenda curiosidad y hasta trabajaría en el intento de clonación. Por otro, no puedo explicar por qué, pero clonar un ser extinto no me huele a nada bueno." 
El titubeo del doctor Pascual se extiende a media ciudadanía, que sin duda se pregunta por qué tampoco huele bien clonar un ser vivo, o implantarle un chip en el cerebro. Lo sintomático es que nada de esto le huele a nadie decididamente mal, como si la carne intervenida estuviera cambiando a la condición de incorruptible. Por grande y arcaico que sea el miedo humano a la manipulación del cuerpo, cuesta justificar por qué habría que poner en el laboratorio los límites que ya se abolieron en el quirófano. La eugenesia, ciencia del mejoramiento de la especie humana, tuvo mucho tiempo un aura macabra y conspiratoria, asociada como estaba a la cría selectiva, la esterilización y en general el genocidio y los experimentos nazis; si en vez de aversión hoy sólo provoca reparos, algo tiene que haber cambiado. Y es cierto. En este momento paradójico en que el cuerpo concentra la identidad (como cuando alguien se crea de nuevo cambiando de boca o de sexo) mientras arrecian las simbologías nacionales y étnicas, los procesos más radicales de mejoramiento del humano sólo los ven unos pocos, y en el microscopio. Son asépticos y abstractos. Nadie dude de que cuando se vuelvan visibles, previsiblemente en forma de espectáculo, ya se habrán impuesto y aceptado. 
En la colonia penitenciaria, el cuento de Kafka, se lee con una risa espeluznada. Hay ahí una máquina de ejecutar justicia provista de una plataforma, donde se pone al condenado a girar como un pollo, y una llamada Rastra con cientos de agujas largas --encargadas de roturarle el cuerpo con la norma que ha transgredido-- y otras cortas que eyectan agua para que la sangre no impida leer el texto. El condenado desconoce que van a escribirle, como ignora qué falta ha cometido; pero esto es irrelevante, dice el oficial ejecutor, porque en definitiva ya lo sabrá en carne propia. No obstante el artefacto es tan turbio como el origen real de la culpa. Cuando el oficial decide inmolarse él mismo, en una exhibición sublime, los mecanismos se atascan, la máquina se desmenuza en engranajes, no brota agua y el cuerpo acaba en pingajos ensartado a las agujas. 
La culpa no ha perdido vigor existencial, pero la máquina de Kafka horroriza por anticuada y chapucera. Hoy hay agujas que se asocian a la muerte, y otras que la alejan: por ejemplo las que inyectan vacunas. Mientras la ciencia biomédica no intente usurpar el papel del Creador, desde mitad de siglo se considera excelente que remiende el cuerpo y lo mantenga en funcionamiento según sus criterios. Así, la meta de la eugenesia es trasladar el voluntarismo de las intervenciones que conservan la vida a las intervenciones destinadas a crearla y, supuestamente, a optimizar los cuerpos. Hoy no est· tan lejos de alcanzar esa meta. En la década de 1930, cuando era director del Instituto Carnegie, el especialista Frederick Osborn sostuvo que el público norteamericano nunca aceptaría el perfeccionamiento de la especie bajo directivas militares, y que la conciencia eugenésica se desarrollaría naturalmente a partir de una economía capitalista compleja; que una vez hubiesen madurado ciertas estructuras, sería aceptada como tantas actividades invisibles de la vida cotidiana. Dos de esas estructuras eran la economía de gran consumo, con sus estrategias de compra basadas en el deseo, y la familia nuclear reducida, taller reproductor de fuerza de trabajo. Ahora ya sabemos cuán cautas resultaron las predicciones de Osborn. Pero un fenómeno de los que se cumplieron no ha variado, y es que la mente global contemporánea equipara "calidad de vida" con "desempeño económico"; razón por la cual la mayoría de los padres querrán cada vez más hijos aptos para insertarse -y ascender-- en el mundo del trabajo y el consumo. El hecho es que, no bien se perciben como medios para mejorar a hijos y padres, las biotecnologías pierden el aura de monstruosidad; y así, mientras codifican sus mandatos en las células, los consorcios empiezan a obtener cuantiosos rendimientos. El tamizado de unidades de reproducción ya funciona, como una forma de selección no natural; cierto que, al contrario que los Órganos de repuesto (artificiales, clonados, transgénicos), esperma y Óvulos fecundados no se venden: se donan. Pero de lo que la industria médica se beneficia es de los servicios de cultivo e implantación. Es en balde preguntarse cómo huele algo que uno ya se est· comiendo. Si la corporación científica pudo desentenderse del holocausto atómico y la destrucción de especies, ¿vamos a confiar en la endecha ética que rodea a las posibles campañas sobre la carne? Los investigadores quieren que sus deseos se manifiesten en el mundo; y es difícil que no vayan a realizar "su visión romántica y temeraria de lo alcanzable" (Eli Friedman, presidente de la Sociedad Internacional de Organos Artificiales). Mucho menos si encima empiezan a tener el insospechado apoyo de presuntas vanguardias artísticas que, da la impresión, no conocen el caso Marinetti. En 1996, el folleto de presentación de Ars Electrónica (un encuentro de artistas multimedia, críticos, hackers y demás que se repite en varios países), decía: "La evolución humana, caracterizada por nuestra capacidad para procesar información, se vincula esencialmente al desarrollo técnico. Herramientas y tecnologías complejas son parte integral de nuestra "aptitud" evolucionaria. En el milenio próximo, los genes incapaces de adaptarse a esta realidad no sobrevivirán." La palabra inglesa que usa el folleto de Ars Electrónica para "aptitud" es fitness; la misma que se suele ver en esos locales desbordantes de aparatos adonde la gente va a endurecer el vientre y las nalgas. O sea que: ¿a qué imagina Ars Electrónica que más nos vale adaptarnos? 
A principios de siglo, Max Weber anunció que en adelante el desarrollo histórico-social estaría guiado por una racionalización cada vez mayor de la vida, y que la reducciÛn de la cultura humana al principio de instrumentalidad, en aras de la eficiencia, crearía un estado de miseria sin precedentes. Los sistemas privados, gubernamentales o militares de gestión de la producción, las ciudades, el ocio, la expresión y otros, además de separar a los individuos, se resolverían en una red cuyo fin puramente funcional sería perpetuar y expandir su estructura. Bien: es una chicana preguntar si el financiero FG o el general PQ no tienen una idea del placer que les da su poder. Tal vez. Lo que sin duda no tienen es una idea de sentido. Desde que el capitalismo libremercadista abarca toda la Tierra, y acentúa su autonomía respecto de los gobiernos, la red de gestión se parece cada vez más a la máquina de Kafka: si tratara de escribir un texto legible se haría añicos. Así que para mantenerse tiende a hiperracionalizar la vida por completo; a instrumentarla. Los miembros del Critical Art Ensemble, que procuran entender mejor todo esto para aliviar la sensación de que es inevitable, dicen que en realidad hay tres máquinas, sofisticadísimas y complementarias. 
La máquina de la guerra es soberana: un aparato de violencia implementado para conservar las relaciones sociales, políticas y económicas que sostienen su existencia. Consume los bienes del mundo en clasificados ritos de vanidad (misiles que se fabrican, no para el uso, sino para fomentar la producción mediante la competencia) y espectáculos de masacre (ejemplos a granel). Tiende al logro histórico de cubrir la totalidad de la existencia social. Su famosa contrapartida es la máquina de la visión, o espectáculo, que sirve para definir qué parte de la violencia generada por la máquina de guerra se ve -- y dónde--, y modelar las formas en que el público se representa lo que pasa; es decir: para determinar "qué pasa" en la vida, y la sensibilidad con que se lo capta, del gusto a los modos de relación, del amor al paisaje. Por supuesto que esta imposición se negocia con cada cultura; pero el plató es el planeta entero. La tercera máquina, la de la carne (humana), es de desarrollo más lento --aunque los intentos por controlar el cuerpo son tan viejos como la confesión cristiana-- y siempre suscitó desconfianza. Pero la obsesión de Occidente por codificar lenguas, imágenes, espacios, sociedades no va a desperdiciar la posibilidad de que el individuo sepa qué debe ser en carne propia, y la última frontera no tardar· en caer. La máquina de la carne es una red de instituciones especializadas en genética, biología celular, bioquímica, reproducción humana, neurología y farmacología, combinadas con una tecnocracia de la visión interior y la cirugía. ¿Quieren emoción? Vean: el soldado DP cae herido en las afueras de Cali; en el acto lo operan por computadora desde Seattle; la tele transmite todo con el campo de batalla de fondo. Si DP ha contraído una hepatitis B, quizá podamos curarlo cuando tengamos completo el mapa del genoma humano; de paso se reservarán unos genes de marine avezado para el fin que cuadre. El cuerpo est· a punto de entrar bajo nueva administración; la autonomía del pancapitalismo intenta inscribir sus mandatos de producción, consumo y orden directamente en la carne mediante una segunda ola de eugenesia. En el bio-régimen que se avecina, la perfección física se definir· por la capacidad del individuo para separarse de los deseos emergentes y los motivos irracionales. No piensen en la alegoría tétrica de la creación de una raza nueva, sino en un suculento mercado genético para la forja de individuos cuyo mérito lo determinar· el potencial económico. Fin de la historia. Nacimiento del post-humano. Mientras, en el Tercer Mundo, ahí donde los servicios de mejoramiento, criba y selección sean lujos fantásticos (y la información útil un bien caro), largas hordas de inservibles seguirán expuestos al exterminio, si no de otras maneras por abandono, indigencia y desnutrición. 
Si ya se desarrollan técnicas que permiten orientar las conductas desde la célula (no imponerlas, claro, porque existe "el medio ambiente"), ¿alguien necesitar· argumentos teóricos para justificarse? No: a la larga, los medios de comunicación se bastarán para promover la conciencia eugénica. El único inconveniente para la máquina de la carne es la contradicción entre los imperativos capitalistas de control y los de beneficio (muy a la manera de lo que ocurre en Internet, donde todos compran pero también todos pueden expresarse, por ahora). Si se descubre un rasgo defectuoso en un embrión, ser· posible eliminar a la criatura antes de implantarla en el útero, con elegante limpieza, evitando enojosas discusiones con los antiabortistas. Pero, si llegara a precisarse la existencia del elusivo "gen gay", no quieran imaginar los escándalos triviales que se desatarán cuando varias parejas deseen incorporar ese segmento de información al código de su querido huevito. 
La estrella de las nuevas tecnologías fue hasta hace no mucho la Realidad Virtual; ahora es más un mito alternativo que un objeto de inversiones. A la RV la rodea un halo de exotismo, de erotismo, de levedad. Pero hoy sus potenciales se usan sobre todo para crear simuladores (de trabajo de riesgo, por ejemplo, para mineros o pilotos) más precisos; la meta no es preparar a la persona para la vida en lo virtual, sino habituarla a cumplir papeles específicos en la vida de veras. La investigación con modelos post-humanos tiende a centrarse en una interface que extienda el cuerpo más allá del fluctuante grado cero de la norma diaria. Esto se llama "amplificar el cuerpo". La cirujía plástica, con sus variables aspiraciones a la belleza estereotÌpica (la de cada país), viene preparando el terreno. Lo importante de este desarrollo es que se est· normalizando la intervención tecnológica no vinculada a los trastosnos, la enfermedad y la muerte. El consentimiento a una intervención extrema en el cuerpo abre la puerta al bebé prefabricado y el ciborg, que ocupar· el lugar protagónico del clásico pero latoso robot. El ciborg no es Terminator: es Robocop. 
El ciborg, criatura de base orgánica integrada a una superestructura tecnológica, ya es mercadería ordinaria en el campo militar; puede estar dotado de conciencia virtual --que es la transferencia del ser a forma digital para que se desenvuelva en paisajes informáticos- lo que le permite "hacer pruebas". La Corporación Hughes ha desarrollado para la infantería una interface con elementos tecno-orgánicos que ofrecen un sistema de visión, comunicación y poder de fuego. El soldado ya no es un soldado, sino un "sistema armamentístico". Mejor todavía es la interface piloto/máquina que se apresta a proveer una empresa llamada Pilot's Associate: cuenta con apoyo de Inteligencia Articial para planificación de misiones, téctica y análisis de situaciones. La verdad, todavía falta mucho para que se obtengan ciborgs totalmente integrados. Pero sabemos que lo que la máquina militar sueña la vida civil lo realiza con peculiar torpeza. Si no lo creen, piensen en el empleado de rango medio que se mueve, incluso al spa donde vacaciona, conectado a la central laboral por computadora portátil con modem, beeper y telÈfono celular. Ese ciborg laboral depura en el gimnasio lo que disfruta en la mesa; y si le entra congoja se alivia con prozac. ¿Cuándo llegue la hora, va a privarse de que le diseÒen un hijo apto para la competencia? 
Tal vez "posthumano" -dice la profesora Hayles-- sólo signifique por ahora que ciencia, literatura y vida social empiezan a converger en la idea de que es posible, y hasta inminente, cierta versión del mundo como la que figura el CrÌtical Art Ensemble. Aún así, filósofos nada ingenuos -Wittgenstein, Merleau-Ponty- argumentaron, bas·ndose en el papel de la experiencia corporal en el aprendizaje, que los métodos de codificación no funcionarán nunca en el hombre. Pero entonces queda recordar, cosa que el CAE no registra, que el control supremo de la conducta se ejerce hoy, no mediante la represión ni la imagen, sino mediante el lenguaje. La conciencia, ese automatismo endémico que cada día, cuando despertamos, se enciende para emitir un registro al parecer irrefrenable, graba vorazmente mensajes que nos son ajenos, reproducen la misma sintaxis, y cuentan siempre lo mismo. Esto también lo sabía Wittgenstein, como es notorio. Pero un principio de réplica sólo lo ofreció con claridad el desagradable paranoico William Burroughs. Corten las líneas, dijo. Reescriban sus mensajes desde el silencio.