CHELSEA HOTEL

"El Chelsea no era parte de América, no tenía aspiradoras, ni reglas, ni gusto, ni vergüenza. Era una fiesta de nunca acabar". Arthur Miller

En la calle 23 entre la 8ª y 9ª avenida, en el neoyorquino barrio de Chelsea, se levanta a mitad de cuadra un viejo edificio de sombríos ladrillos rojos. En su entrada, varias placas de bronce conmemoran el lugar. Junto a la puerta, sobre granito negro, en lustrosas letras de  bronce se lee Chelsea Hotel.

Al franquear la puerta de entrada hay un oscuro salón atestado de pinturas en sus paredes. El lugar parece más una pequeña galería del Barrio Latino que el lobby de un hotel. En el mobiliario hay un aire entre decadente y descuidado; un hogar de caoba y hierro forjado se destaca en el salón, a su lado hay butacones de acero inoxidable acolchados con cuerina azul frente a un gran radiador de metal blanco despintado.

Camino a la conserjería, la figura tamaño natural de una mujer de yeso pintado se columpia desde el techo. Un viejo cerramiento de aluminio es la conserjería. Allí junto al recepcionista se suele encontrar un fornido sesentón con enormes gafas: Mister Bard, el actual dueño del hotel. Un montón de papeles, folletos, fotos y gente de un aspecto no convencional, enmarcan la recepción esterilizada por la luz de un tubo fluorescente.

La oficina de Mr Bard es oscura y también está atestada de viejos muebles. Hay un armario con más de un centenar de libros, son todas primeras ediciones y tienen la particularidad de haber sido escritos en el hotel.

 

Nacido para hacer historia

 

El Chelsea fue concebido como el edificio de apartamentos más alto de su época. Tuvo los primeros duplex, penthouses y roof gardens de New York. De 12 pisos y en estilo Victoriano Gótico, fue abierto por un consorcio de diez adineradas familias en 1884.

En 1903 el conglomerado terminó en la bancarrota y fue hacia 1905 que se convirtió en hotel. Los departamentos originales, con sus extensos salones, fueron fraccionados en las más extrañas divisiones, de manera tal que ninguno de los 400 cuartos se parecen entre sí. El barrio de Chelsea lindera con el bohemio Greenwich Village, donde después de la década del diez, se iba reuniendo la intelectualidad neoyorquina.

De las placas que están en el frente del hotel, una  informa que la propiedad ha sido inscripta en el registro nacional de lugares históricos; otra menciona que en el lugar se hospedó y trabajó el poeta Dylan Thomas “y que de aquí navegó hacia su muerte”, otra declara que Arthur Miller escribió allí sus obras menos conocidas. Más abajo, otra dice que Thomas Wolfe vivió tambien sus últimos años en el lugar.

Mark Twain fue el primer huésped ilustre que residió en el Chelsea; gran parte de los artistas, bohemios y diletantes de la época fueron poblando los cuartos del hotel.

Allí yacieron y se inspiraron escritores y poetas como Art Crane, Edgar Lee Masters o Wolfe, mientras en una de las suites del Chelsea, la diva del teatro Sara Bernhardt dormía durante el día en un féretro que usaba por cama.

El escritor O’Henry, uno de los primeros en llegar, dejó el mundo y el hotel al mismo tiempo. El maestro del relato corto murió en uno de los cuartos en 1910.

Después del crack del 29, con la depresión, el Chelsea se    despobló. A principios de la década del treinta el hotel fue rentado a la Marina Mercante, pero en 1939 otra vez estaba quebrado. Mediante un convenio con la Marina fue comprado por David Bard.

Con el final de la guerra la población de marineros empezó a decrecer, y a fines de los cuarenta fueron llegando escritores y poetas como Allen Ginsberg, Gregory Corso y William Burroughs que luego serían los más conocidos, junto a Kerouac y Ferlinghetti, de la beat generation. Pintores como el expresionista abstracto Jackson Pollock o Phillip Taaffe descansaban también en el Chelsea.

El dramaturgo Arthur Miller vivió con su familia en el hotel siete años y escribió allí sus obras After the fall  e Incedent at Vichy. En 1953, en una habitación, al amanecer, el poeta galés Dylan Thomas dijo sus últimas y heroicas palabras: “...I’ve had 18 straight whiskys and I think it’s a record.” (me he tomado de un trago 18 whiskys y creo que esto es un récord), para luego caer en un coma alcohólico y morir en el cercano St. Vincent’s Hospital.

 

Babel bohemia de los sesentas

 

En los sesentas el Chelsea vivió sus años mitológicos: se convirtió en el hotel de moda para artistas de los más dispares.

Arthur C. Clarke escribía en un cuarto, el guión de 2001, Una odisea en el espacio para Stanley Kubrick, mientras en la habitación de al lado Bob Dylan escribía “Whit your mercury mouth in the missionary times, and your eyes like smoke and your prayers like rhymes...” (con tu boca de mercurio en la era de los misioneros, y tus ojos como de humo y tus rezos que parecen rimas... ), primeros versos de la bella canción, Sad eyed lady of the lowlands, de su albúm Blonde on blonde.

Otras paredes cercanas vieron a  Leonard Cohen entregarse a los placeres orales de Janis Joplin mientras una limousine esperaba impaciente en la 23rd st. para llevarla a uno de sus antológicos conciertos en el Fillmore. La canción Chelsea Hotel fue compuesta para ella.

En otro piso Jimi Hendrix tocaba con su equipo Marshall a todo volumen. Las gruesas paredes dobles de los cuartos del Chelsea amortiguaban a sus vecinos los furiosos riffs del guitarrista.

Nico, la cantante de algunos discos de la Velvet Underground, grabó un disco solista también titulado Chelsea Girl, en 1967. La canción que da nombre al disco está compuesta por Lou Reed y Sterling Morrison de los Velvet.

Pete Hammill, el poeta y líder de los Van Der Graff Generator quien vivió dos años en el hotel, resumió las corrientes migratorias del Chelsea: “en los treinta: radicals; marineros ingleses en los cuarenta; los beats en los cincuenta, hippies en los sesenta y decadentes poseurs  en los setentas”.

El cineasta Milos Forman y el escritor Paul Bowles, cuando no residía en Tanger, coincidieron más de una vez en el lobby donde se exhibían originales de Jackson Pollock, Larry Rivers y el set de Muñecos de artistas de Eúgene Gershoy.

- ¿Puede usted cuidar a mi nena por un minuto?

No- contestó tajante el hombre-, la última vez que me dijo esto tardó dos días en volver.

Este diálogo entre la modelo pop Viva, y el poeta Gregory Corso, es un ejemplo de lo que uno podía escuchar al cruzar el lobby del hotel. Viva era famosa entre otras cosas por haber hecho el amor frente a la cámara para la Blue Movie de Andy Warhol.

Viva aún reside en el hotel. Lejos de los excesos pasados vive con su hija Gaby, a quien dedicó su libro Gaby at the Chelsea. Gaby es una adolescente actriz de TV.

El músico Virgil Thompson, quien compuso la ópera Cuatro Santos y tres actos, solía decir que ofrecía sus respetos a todos en el ascensor del hotel porque nunca sabía si esa persona era quien acababa de darle los últimos toques a obras maestras como Desnudo bajando escalera  o You can’t go home again. Un Marcel Duchamp o un Thomas Wolfe. Thompson murió en el Chelsea a los 91 años de edad.

En una noche neblinosa el artista Edie Sedgwick, en un ataque de locura provocado por las drogas prendió fuego su cuarto.

El célebre fotógrafo Robert Mapplethorpe también vivió sus últimos días en el Chelsea.

Madonna posó en divertidas fotos para su libro Sex en los cuartos del Chelsea, mientras residían en sus habitaciones más silenciosos artistas como el pintor Julian Schnabel, el cantante James Brown o Aurelia Thierree, la nieta de Chaplin y bisnieta de un antiguo arrendatario del Chelsea, Eugene O’Neil.

El residente Raymond Foye dice que el Chelsea es “un circuito de karmas”. Foye tiene desde hace 15 años la editora Hanuman Books en el octavo piso.

Contiguo al hotel está el restaurante El Quixote donde asisten la mayoría de los residentes del hotel.

Una habitación en los sesenta costaba 30 u$s la noche y 65 se pagaba por una suite. En la actualidad una habitación está en los 140 u$s diarios.

Como un imán, el Chelsea atrajo a través de sus años la creación y la bohemia. Según Stanley Bard, hijo de David, es la atmósfera informal, las gruesas paredes y los techos altos lo que seduce a los artistas. La vecindad con pares puede también ser otro motivo valedero. Lo cierto es que hay pocos lugares donde en tan pocos metros cuadrados se haya congregado tanta densidad de talento a través de un siglo.

Eduardo Rey

 

Informe: Mariano Kweller