ENEMIGOS SIN ENEMIGOS

La política se hace en contra de a a favor de. Una política sin enemigos es como un chico huérfano.

La política se hace en contra de y a favor de. Una política sin enemigos es como un chico huérfano.

Una política sin enemigos implica la fantasía de un mundo sin conflictos. Pero los conflictos existen, a pesar de las fantasías de los políticos. Una política semejante es como un sueño plácido. Es la ensoñación poética de la resignación, elevada a cuestión de estado.

Hasta que el político se despierta. Y descubre que los enemigos se eligen o los enemigos lo eligen a uno. Es un juego peligroso. Subirse al ring, calzar los guantes y boxear con la propia sombra. A la corta o a la larga subirá un tipo grandote dispuesto a molernos a trompadas. Nos agarra jugando a boxear, divertidos con una sombra, de espaldas, y perdemos como en la guerra.

Pero esto no es un juego. Argentina sufre la crisis más grave desde la década del 30. Cosa semejante no se resuelve sustituyendo la política por el marketing de la política. Un gobierno sin enemigos preocupa tanto como un gobierno que elige mal a sus enemigos. Un gobierno sin enemigos tampoco sabe quiénes son sus amigos. Así, cuando aquel tipo grandote se suba al ring, es probable que se descubra solo, allí arriba, como bien decía el sabio Bonavena.

El Sr. Alderete, la Sra Alsogaray... penúltimos exponentes públicos de un partido político insignificante como organización social y que, sin embargo, se reveló como la más poderosa estructura ideológica de los últimos 30 años. ¿Acaso ése es el enemigo? Sería paradojal, por lo menos. Porque se admite como bueno su neoliberalismo pero se los acusa por sus reales o presuntas fallas personales. Es decir: su política es buena, pero ellos son malos. En cualquier momento los expertos en marketing van a resucitar aquellas viejas consignas: “hay que apretarse el cinturón”, “hay que pasar el invierno”. Mientras que sus autores intelectuales serán citados a declarar por los jueces de la Nación. Y en el mejor de los casos celebrarán su éxito ideológico desde un calabozo.

Si alguna vez la política fue el arte de lo posible, ahora es el arte de lo inevitable. Se hace lo que se hace porque no se puede hacer otra cosa. Ésa es la resignación: creer que sólo se puede hacer una cosa. Y yo soy el que mejor la hago. Nos convencieron de eso. Y en eso radica el triunfo de una ideología: anula la voluntad de hacer política porque, total, sólo se puede llevar adelante una sóla política. El enemigo, tal vez, podría ser esta concepción de la política según la cual todo se limita a padecer la fatalidad de las políticas inevitables.

Y para terminar: se cambia la palabra “enemigo” por la palabra “adversario” y todo sigue igual. Porque un político sin adversario es como un boxeador solo.

Hernán Invernizzi.

 

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Hernán Invernizzi

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