LA ARGENTINA RESIGNADA

Sin Maradona, con miedo a pasear de noche, De la Rúa presidente, presos en nuestros hogares, pegados a una televisión mediocre; recién enterados (los más avezados) de que estamos siendo controlados por la red Echelon, que ya existía desde el año 46, parece que los argentinos no tenemos salida libre ni por internet. Con los bolsillos enflaquecidos por Telefónica, el FMI, el impuestazo, la ineficiencia y la corrupción política, la resignación es la alternativa que parece haber elegido este país para llegar a ninguna parte silbando bajito. ENEMIGOS SIN ENEMIGOS,
 por Hernán Invernizzi.

FUTURO IGUAL A HOY, por Claudio Madanes

Sin Maradona, con miedo a pasear de noche, De la Rúa presidente, presos en nuestros hogares, pegados a una televisión mediocre; recién enterados (los más avezados) de que estamos siendos controlados por la red Echelon, que ya existía desde el año 46, parece que los argentinos no tenemos salida libre ni por internet.

Con los bolsillos enflaquecidos por Telefónica, el fmi, el impuestazo, la ineficiencia y la corrupción política, la resignación es la alternativa que parece haber elegido este país para llegar a ninguna parte silbando bajito.

 

A mediados de los años 80, un presidente hablaba de las "nuevas utopías". A fines de 1999, otro debió explicar que no era "aburrido". El primer concepto pertenece a la discusión de las ideas políticas, recuerda a Tomás Moro y a Founier. El segundo pertenece al lenguaje de los gerentes de programación de la televisión y recuerda a Pergollini o a Raúl Portal. Si bien es difícil ser hijo de las utopías, más problemático es escapar al feroz veredicto que condena personas al ostracismo por "aburridos". Este concepto, heredero de remotas teorías del carácter del siglo XV y XVI, es el horizonte más notable en que se basan las estéticas de la época de la televisión. De allí proviene la cuestión del gobierno sin épica, no como "entusiasmo revolucionario" que veía Kant en la Revolución Francesa, sino como preocupación de los políticos para presentarse dentro del umbral de aceptación de lo que podríamos llamar la "moral artística" contemporánea. Por eso la publicidad de De la Rúa- dicen que soy aburrido- es el opúsculo mayor e insuperable a partir deI cual se trata el "ser y la nada" de la política actual.

No ser aburrido significa algo sólo traducible en términos lingüísitcos y perceptivos. No se relaciona ya con las nociones épicas del ciclo histórico-ideológico de la política, sino con la artesanía comunicacional de los gobiernos. Lo que queda de lo épico (entendido como una abreviatura dramática y una crispación del tiempo) pudo verse en los escasos minutos de duración que tienen las irrupciones que luego se sumergen en el tenso silencio de las sociedades como, por ejemplo, las tres horas de gobierno de un indio y joven militar en Ecuador. Lo que en la Argentina se relaciona con esa dimensión épica insuprimible (todo político sabe que no puede privarse de ella, pero que al mismo tiempo debe sustituirla) son juegos publicitarios de ingenio que parten del consuelo para los hombres sin batallas, que en el fondo expresa bien el clima de las agencias publicitarias. En ellas no sólo se muestra la fragilidad de los héroes, sino su turbia cotidianeidad- vista por el ayuda de cámara hegeliano- y por último los hombres de la multitud, erigidos en moldes heroicos de un consumo que proporciona un bálsamo de energía glorioso con sólo subirse a un coche o usar una espuma de afeitar.

Un gobierno sin héroes es un imposible, sobre todo cuando ya no existe la palabra utopía, que fue la última que en Argentina, de un modo puramente evocativo, conectó un gobierno constitucional al ciclo revolucionario que se extendió de 1810 a 1973. Por eso, Ias inevitables sustituciones practicadas tuvieron en Menem el primer presidente que aplicó en gran escala la independencia de los actos presidenciales respecto de las ceremonias de estado. En todas éstas había un guiño interno, pertinazmente construido, por el cual se indicaba que lo importante nunca podía estar allí, pues la ceremonia existía sólo para demostrar que siempre estaba a punto de desmoronarse. El poder menemista descansaba precisamente en esa sensación inxistente de desmoronamiento.

Curiosamente, no es muy diferente con De la Rúa, cuyo problema inicial fue darle un entusiasmo comunicacional al gobierno, prestándose con sorprendente docilidad a la "construcción" de una nueva persona pública que llevaba su mismo nombre, su misma garganta con la rancia mucosidad del titular de la firma, su carraspera propietaria que salía del mismo bulbo profundo de orden. Pero ahora había nuevas palabras "no aburridas" -cumplimiento programático, en fin, de la prometido- que enhebran las ceremonias discursivas sin los fursios de Menem, un maestro del desorden lingüístico, pero con las mismos propósitos de superar la vieja ceremonia estatal derruída. "Maldita cocaína", "el presidente de Internet", "cómo pueden pensar que yo quiera afectar la familia obrera sin frases que pueden estar antes en carteles publicitarios pegados como afiches en la ciudad o en placas televisivas. La frase pública resulta ya confiscada en nombre del chascarrillo surgida de la agencia publicitaria encargada de la "cuenta discurso presidencial".

¿Qué es un equipo publicitario? Pues bien. Es un grupo desprendido del flujo social, repleto de personajes con aire un tanto estólido y absorto, buscando el secreto de la lengua, realizando un buceo profundo por el oscuro cauce de las analogías y el inconsciente de las estadísticas. Nadie dirá que no está la política allí. Pero para hacer su faena deben dejar al político como un pellejo vacío, ilusionado que en una épica de los gobiernos sin épica, en una emoción de los gobiernos sin emoción y en un drama de los gobiernos sin drama (pues todo ello sólo existe en la vida social con su deseo de justicia) basta con hacer descansar el lenguaje en sacudidas y efectismos, ese heroísmo de "gerencia creativa" de la asesoría de publicidad, que escupe maldiciones y de maldita no tiene nada.