EL ÉXTASIS DEL ENCUENTRO

Es la droga alternativa del mercado local. Los argentinos la importaron de Ibiza donde hizo furor a fines de los ochenta. La fórmula fue creada en 1812, a la búsqueda de un inhibidor del apetito. Nunca llegó a comercializarse como tal. La sustancia ahora es utilizada como un inhibidor de las inhibiciones en las largoas noches de las discos. Su bajos costo y sencilla fabricación pueden convertirla en la droga masiva del nuevo milenio.

Como si nada estuviera ocurriendo y mientras no deja de reír excesivamente del chiste del otro, le pasa la pastilla apenas por el labio inferior y se la mete como a la fuerza en la boca, una boca demasiado grande para esa cara tan filosa. Al principio, Facundo no entiende pero enseguida tiene la pastilla entre la lengua y el paladar. Marcos le alcanza, como empinando el Nesquik en el buche de un niño, la copa de agua que luego él volverá a llevarse a los labios un centenar de veces. Ahora  la boca se le seca sólo de pensar todo lo que se le va a secar más tarde. Piensa en la sed que vendrá y en lo cara que está el agua mineral en esa barra maldita y en aquella lejana escena en Londres cuando por primera vez se sumergió en una disco donde había un dark room mixto de gente entrechocándose libidinosamente y sin poder verse casi las caras, además de las dos pistas donde, bajo unas estroboscopicas furiosas, se resquebrajaban las coyunturas unos chicos muy pasados de revoluciones, mientras él acarreaba agua, otra vez carísima,  hasta con las manos, para sobrevivir a su primer noche de X. Piensa también en el “subidón” que se viene, ese amodorramiento fugaz y previo al frenesí que deja el cuerpo entre desperezándose y refregándose contra alguna mullida y esponjosa superficie, y en que no hay nada que se parezca a eso en esta fiesta demasiado concurrida, pero con espacio suficiente para bailar, asunto que se transformará en su única actividad en un par de horas, cuando ya esté arriba y no pueda bajar.

Tiene la pastilla en la boca y agradece la oportuna aparición de Tomy, quien le alcanza una botella pequeña de agua mineral. Traga. Aprovecha que continúa la gentileza de la mano que le acerca el agua y accede a pasar al fondo, donde tras el bunker del DJ (conocido DJ, a quien, al igual que a todos los personasjes, se les cambiará el nombre en estas páginas para no complicar a las fuentes con la ley) hay una especie de camerino en el que las chicas que bailan sobre los parlantes y los dos streapers que se desnudan parcialmente como si estuvieran en el Golden, se cambian en algún momento de la noche. Es el RR.PP. y diseñador de ropa Tomy Marcelo, o “la Tomy” para los amigos del ambiente,  que los ha invitado a fumar un porro, a él y su chico, los dos  a estas alturas empastillados. El RR.PP. no consigue el mismo material que los chicos, no conoce a la persona indicada, a pesar de que debe ser el que más gente conoce de todos los que estan allí afuera, que de por sí son gente que conocen mucha gente.  “Yo te consigo uno, nena”, le propone Marcos. La Marcelo  pega un gritito porque una ceniza del cigarrillo le está calando un punto en el palazo de jersey que se ha puesto para parecer una diva. “Quiero que alguien me pregunte ¿Baila usted desnuda?”, juega a la relaciones públicas, y sigue sin contestarle a Marcos. “Son veinte pesos. Y una botella de agua”.  Salen los tres del refugio y se quedan un rato atrás del DJ, que es un chico de pelo rojo y rasgos angelicales, a quien nadie jamás le daría más de los treinta años que tiene, sino unos beatíficos 23. Tiene puesto un pantalón cuatro talles mayor y una remera de similar porte, que lo dejan moverse como un troquelado cuando baila su música, entre disco y disco, concentrando su oído sobre el auricular con el que maneja desde arriba a esa masa de dancers posesos—si se puede usar la palabra para una fiesta semi exclusiva pero grande de modernos y neohippies de entre 20 y 30. El DJ, recostado sobre el sillón giratorio que le corresponde como privilegio y vaciando un agua mineral, bajo los efectos de la pastilla, dice:

—Esta música va un poco con los parámetros de lo que es el éxtasis, porque hay varias formas de curtir un X. Una puede ser sin subirlo, estando tranquilo, escuchando una música o algún tipo de silencio. O la diferencia que es moverse. Y tiene un efecto distinto cuando te movés. Por eso el tema de la pastilla del amor... porque en principio te ponés más sexual y después, cuando cogés te movés y lográs subirlo, lo mismo que cuando bailás te movés y subís, cuando el cuerpo entra en movimiento te vas dando cuenta de cómo hace otro efecto y subís y subís.   

 

De qué hablamos cuando hablamos de X

 

El éxtasis tiene nombre científico: MDMA o 3,4 metilendioximetanfetamina. Tiene padre natural: los laboratorios Merck lo inventaron tratando de dar con una droga inhibidora del apetito en 1912, pero no llegó a comercializarlo. Y tiene padre adoptivo: Alexander Shulgin, un bioquímico norteamericano que desde hace cinco décadas se dedica al estudio de las sustancias psicodélicas y que entre otras doscientas drogas sintetizadas, dio con la MDMA a mediados de los sesenta. Shulgin, a quien sus amigos le dicen Sasha, escribió junto a Ann, su mujer, el libro PIHKAL, Phenethylamines I have Known and Loved  (Fenitelaminas que he conocido y amado). Shulgin dedica la mitad de un extenso volumen a contar en una particular narrativa las experiencias que vivió usando como único cuerpo experimentador de su trabajo el suyo propio y el de sus amigos. En una segunda parte se dedica a describir los procesos de síntesis química de todas esas sustancias y las experiencias resultanes de diferentes dosis de cada producto. La elección de Shulgin por el campo de las drogas psicodélicas está fundamentado en que la heroína, por un lado, genera sólo una letargia en la que todo deja de importar y la cocaína, por el suyo, provoca en la persona la sensación de estar en la cima, pero conservándolo siempre en el mismo lugar, o más abajo. Los psicodélicos para Shulgin son las únicas drogas que pueden ser “herramientas que dan un conocimiento real tanto de uno mismo como de una nueva percepción del mundo en que vivimos”.   

Cuando hablamos de X hablamos de la MDMA, un derivado anfetamínico con una estructura química similar a la de la mescalina, con lo cual el efecto sobre el sistema nervioso central es la producción de más serotonina, que afecta el estado de ánimo, y más dopamina, un supresor del dolor. La MDMA  no genera dependencia física pero puede generar dependencia psíquica o psicosocial en aquellos con personalidades vulnerables a cualquier consumo. De Shulgin extraemos una explicación bastante didáctica que sobre el éxtasis le dio a la revista española Cáñamo, cuando uno de sus redactores lo visitó en su rancho: “La MDMA funciona de esta manera: desaloja la paranoia y suspende las barreras que separan a las personas, lo que permite el encuentro entre la una y la otra”. Ésa parece ser la  gran virtud de la pastilla: la facilidad con la que se puede conseguir “empatía”. A ello se le puede sumar: alteraciones mínimas en la percepción, desinhibición, locuacidad, disminución de las sensaciones de miedo y de cansancio, euforia, acentuación de la sensualidad y sensación de vitalidad. Pero también produce: sequedad bucal, calor, insomnio, rigidez mandibular, angustia, intranquilidad. O peores síntomas 24 horas después de la pastilla, cuando se han gastado hasta las energías de reserva del organismo y se hace frente a la fatiga, la depresión, la irritabilidad, el dolor de cabeza y cierta dificultad para concentrarse.  Todo ello fue debidamente registrado en PHIKAL.

La reacción ante al aparición de su libro no se hizo esperar en la vida del padre adoptivo: la agencia americana para las drogas en un ataque de paranoia allanó con personal oculto tras unas escafandras (por lo peligros que resultaba entrar a un sitio tan contaminado de sustancias tóxicas) su casa de California. Después de eso vino un juicio que terminó en una fianza de unos 200 mil dólares, todo el dinero que en su vida había reunido el científico. Sasha y Ann no tardaron en recuperarse del golpe gracias a la solidaridad de un agradecido lector que abrió en la internet una cuenta para que los Shulgin continuaran con sus investigaciones. Shulgin es, a todo esto, una especie de abuelo bueno de pelo y barba blanca, bastante parecido a algunos intelectuales argentinos de los setenta, que gustan del look montañes unabomber.

 

Yendo del boliche al living

 

Es una reunión de amigos en una casa antigua con un gran living en el que lo mejor, a las dos de la mañana de un caluroso viernes de febrero, es el aire acondicionado y la variedad de los asistentes al meeting. Es una casa en una esquina del sur de la ciudad, con pisos de madera viejos y restaurados, muebles de ratán, y una terraza que está descuidada, pero que conserva una barra de cemento cubierto con piedra caliza, una verdadera herencia kitsch de papá y mamá. Acodado en ella David le da una suave pitada a un porro que circula mansamente con La vie en rose de fondo. Luego deambula para conversar con los invitados que tomaron la pastilla como haciendo de la velada un acontecimiento inaugural, como si disfrutara de la iniciación de algunos.   

—¿Qué tal un cambio de ritmo?, pide una mujer que parece vestida para una entrevista de trabajo en una multinacional, por sobre el hombro de un chico que la ignora, de pies a cabeza, perdido en la contemplación de una foto antigua donde posan los héroes de la revolución mexicana.  

—¡Maru cambiá, tomá el mando!, la agita con voz chillona su amiga, una chica completamente de negro, cobijada en pleno subidón en un sillón pobre en almohadones y sin perder de vista al chico de enfrente que hace señas desde su ventana de pensión para que lo inviten a lo que desde el otro lado de la calle debe parecer una gran fiesta. 

—¡Viste cómo te pone ésto nena!, dice Maru batiéndose la mano cual abanico ante el mentón. Corre con unos pasos eléctricos hacia el equipo de música donde Grace Jones se ve desplazada por un subir electrónico que tiene sus punchi punchi clavados cada exactos segundos sobre una melodía más funk, y pronto es una cuna meciéndose la pista del living, descalza la fiesta sobre el piso de madera.

Pronto los pasos del grupo, en el que algunos preferirían el ritmo fácil de la cubana que canta aquella de que la vida es un carnaval, comienzan a entrar en comunión. La misma escena de cierto ritual acompasado que tienden a compartir quienes en grupo han tomado a la misma vez éxtasis, puede suceder la mayoría de las veces en una fiesta privada, y otras tantas en las pistas menos íntimas de algunas raves y de algunas discos.

El éxtasis es una droga alternativa para el tradicional mercado argentino: llegó a estos lados de manera subsidiaria, sólo por aquellos que viajando a Europa la conocieron en esas multitudinarias fiestas electrónicas que se reprodujeron después del 88. El primer sitio donde pisó fuerte fue en la Ibiza encendida y del fin de los ochenta, en cuyas pistas largó esa música rabiosamente electrónica que ahuyenta los oídos más psicobolches, el acid house. En el viaje del éxtasis del nuevo al viejo continente también colaboraron algunos miembros del Hare-Krishna y una rama New Age, que lo usaban como una sustancia posibilitadora de la mística. A lo largo de los diez años que siguieron, el éxtasis se instaló en la noche de las grandes ciudades siempre de la mano de una música que explorando en las máquinas iría reinventando hasta el rock que languidecía mientras se declaraba la muerte del punk. El consumo masivo también trajo la producción descontrolada y con ello las adulteraciones que convirtieron a la pastilla, popularizada entre los jóvenes europeos, en un nuevo veneno: hubo cinco muertes en Europa por pastillas que contenían estricnina. Fue el comienzo de una campaña de la policía que terminó volviendo ilegales las raves en Inglaterra y que continúa, al punto que la ONU, en su última cumbre sobre narcotráfico, la ubicó, por su simple elaboración y modestos requerimientos de infraestructura, en enemigo pleno aun en los países latinoamericanos donde, dicen, puede expandirse rápidamente.

Por el momento eso no ocurre. A diferencia de lo que sucede en las grandes ciudades en las que las fiestas de DJ van acompañadas necesariamente del consumo de pastillas potenciadoras de la energía para dejarse llevar por la música sin más, sin cansancio, sin pereza de ningún tipo y sientiendo que más se baila y más placer se consigue, en la Argentina, la cultura electrónica se expande, pero el consumo de éxtasis sigue siendo de elite. No más de mil personas en Buenos Aires se entregan a la experimentación con la pastilla, que se mantiene por ahora fuera de los grandes mercados. A un dealer de X sólo lo preocupa el principal enemigo del X, la prensa, cuyo amarillismo grandilocuente puede darle suficientes motivos a la policía para poner sus ojos sobre un camello menor, que por lo general no tiene relación con las drogas de alto consumo como la cocaína o la marihuana. La divulgación que sobre el X se ha dado en la Argentina tiene el nivel de una de esas propagandas donde se decía que la única forma de no contagiarse HIV era no teniendo sexo, con lo cual  la satanización de la pastilla del amor es un hecho.

Contra esa campaña desinformadora es que se rebela Juan, un chico que acerca a contados domicilios las famosas pastillas. Tiene 26 años y hace ocho era un delgadísimo y precoz muchacho de vacaciones en Porto Seguro, cuando probó por primera vez. La experiencia le gustó tanto que en Buenos Aires comenzó a no moverse  del círculo de los que se econtraban en las noches en diálogos narcisistas producto de la cocaína en exceso, y de la música heavy que cultivaba desde niño con su batería. “Eran europeos, casi todos estudiantes. La gente que organizaba la fiesta es la misma que organiza fiestas en Madagascar, en Bali y en Goa, en la isla. Era gente que había comenzado con Ibiza, había importado todo a Londres y a esa altura ya  trabaja haciendo estas fiestas, eligiendo lugares muy hermosos con mucha tranquilidad en los que generalmente no hay policía. La música era electrónica, pero no la electrónica que estábamos acostumbrados a escuchar acá, el house rabioso —las asincopadas de las músicas con máquinas, en la que las melodías no tienen respiro entre el tachi tachi pun tachi pun industrial que golpea de fondo y en el plexo—, era más los que ellos denominan psicodelic trance, música con ruidos, y nada cantado. Era netamente underground; la música la hacían estos tipos para sus fiestas. Ellos vendían la fiesta, pastillas, ácidos. Era un grupo de gente interesada que se autoabastecía”.

 

Un paseo por el lado salvaje

 

La elección de un sitio con aire, con espacio, con cierto confort, es uno de los secretos del éxtasis. Al verse potenciados los sentidos y al bajar las barreras de la represión, el ambiente es mucho. Por eso, en las buenas fiestas del ambiente debe existir en medio de la violencia de la música  y de la muchedumbre, un chill out, ese living con música trance, una electrónica zumbada, de cadencias infantiles entre chillidos maquinales que permite un momento de tranquilidad, para el que aprovechando esa lucidez que no se pierde por más éxtasis que provoque la MDMA pueda relajarse a un costado de la fiesta sin irse de la fiesta.

En el chill out de uno de los ya decanos boliches del bajo, sobre un almohadón de plumas y una tarima de madera, tomando un té en una velada de domingo a la noche en la que por decisión de los organizadores no se vende alcohol,  Juan explica la lógica que para él tiene esta droga, bajo cuyos efectos habla:

—No es lo mismo estar vos  solo de pastilla en un lugar donde están todos borrachos, que en un lugar donde vas con tus amigos, que están todos de pastilla y comunicados con vos. El X es una droga muy social que baja barreras para que la gente logre una mejor comunicación. Igual puede llegar a tener sus inconvenientes porque al bajar esas barreras también se crean muchas fantasías que no son realidades. Por ejemplo que entren en juego mentiras, “yo te quiero un montón, sos mi mejor amigo”, y al otro día ya no es lo mismo.

—Entonces mi amor a vos no te lo puedo creer nunca!, lo controla su novia, una delgada chica de pelo lacio que dice haber abandonado las huestes de la cocaína tras el descubrimiento de Juan y de sus caramelos.

—Ésta es básicamente una droga que te permite pensar, que no te anula el cerebro. Por supuesto que como todas las drogas en grandes dosis, es otra cosa.

—Bueno, excepto cuando te ponés tan sexual que lo único que se  te ocurre es irte a la cama con alguien, observa ella, meciéndose, mientras lo dice sobre sus piernas dobladas en posición de loto, sobre esa melodía del chill out que incluye unos gorjeos en el fondo. 

—Hay una exacerbación del deseo— explica concentrado en su clase, escuchada ahora por un grupo de tres que sonríen con unas muecas eternas de ácida bonomía—. Cada persona es un mundo y toca en una parte distinta según ese mundo privado. Si te dan ganas de tener sexo grupal es porque a vos en el fondo te gusta eso, a otro le pasará con las mujeres, a otros con su homosexualidad y otros sólo quieren bailar—.

Juan muestra la pista que se ve tras un enorme tul blanco en la que varios chicos se mueven como cocteleras conectadas por el mismo impulso. Tienen los ojos cerrados y la mayoría abre las manos como Aquaman, expandiendo los dedos y buceando en el aire de mala calidad que los rodea. A una chica recién rapada en el centro se le da por saltar, y no puede parar de hacerlo, rebotando contra el piso como si no pesase nada su cuerpo.

—Eso sí, te libera, lo que hace sobre todo es liberar. Por eso es tan distinto al efecto por ejemplo de la cocaína  —cuenta ella ahora a cargo de la disertación que da en su calidad de conversa cocainómana—. La cocaína crea barreras y mucho “yo soy yo” y “vos sos vos”. Lo que el éxtasis tiene es que para poderlo curtirlo tenés que liberar, es una entrega pero con vos mismo, es decir voy a hacerlo porque tengo ganas y lo hago.

—Además, apunta Juan—, una persona que está acostumbrada a tomar éxtasis, en lugar de aumentar la dosis, va reduciendo su consumo. Es como que conocés el efecto y cada vez es más fuerte y por eso necesitás tomar menos.

El grupo llega a seis, y no todos han probado, con  lo cual el interés de la ronda aumenta. Viene de bailar con sus botellitas de agua en la mano. Tres amigas pasan a los gritos por el chill out, rompiendo las melodías electrónicorientales que le dan calidez al sitio.

—¡Pará nena! No empujés que no soy tu sierva!, le dice una rubiecita pequeña a su amiga de pelo inflado a los setenta, que la conduce a la rastra del baño a la pista. Pasan casi pisando al improvisado grupo de reflexión que calla por un instante, atónito ante el chillido de las criaturas, que se impone. 

—¡Dale! ¡ahora no vas a decir que no te gusta que arrastre!, le dice la amiguita, haciéndole un guiño exagerado a la ronda callada.

La rubia se acomoda el pelo detrás de la oreja. Y contorsionada como una nena con ganas de ir al baño, se dirige a los testigos de su escena:

—¿Qué miran? ¿Nunca vieron a alguien re-empastillado? Bueno, si no lo vieron, acá me tienen. Super feliz, aunque es una cagada que no se pueda tomar alcohol, no? Se da media vuelta y arrastra ella a la otra. Vamos que pedimos una cerveza. Mozo! Mozo! Atienda a mi amiga, larga antes de desaparecer, corriendo cinematográficamente una cortina de tul que le interrumpe el paso.

Juan y su novia, cultores de la velada íntima y del uso hedonista de la droga a la que consideran una especie de continuación de las revoluciones culturales de los 60, pero sin eslóganes ni declaraciones de principios, a puertas cerradas en un par de discos, o casas o quintas, intentando estar a salvo de la policía y de los escándalos violentos, ponen caras de lástima ante las desaprensivas muchachas que ya están entregadas en la pista, por suerte en  silencio.

  —Hay que aclarar, dice, que el éxtasis te preserva lúcido según las dosis. Si lo tomás para evadir cosas, vas a tomar grandes cantidades y vas a quedar obnuvilado y vas a ser un animal impulsivo, y eso te puede llegar a traer problemas. Pero lo importante es una educación sobre las drogas, no una prohibición. Que la gente sepa cuáles son sus efectos según sus dosis. Hay que enseñarle a la gente. Si no, encontramos gente que se toma cinco pastillas porque ni siquiera sabe lo que está tomando,  y se convierte en animales frenéticos que actúan por impulsos. Y que no está bien... Bah!, no sé, a no ser que te guste...

Cristian Alarcón   

Fotos: Rodrigo Demirjian