Dios es gris

por Christian Boyanovsky


La Plaza de Miserere, corazón del barrio Once, tiene la oscuridad característica de un barrio techado. El viento la recorre sin tiempo, esquivando envoltorios de alfajor y boletos de colectivo. Una plaza que parece el olvido de dios. Y allí, sus emisarios. Pastores evangélicos, monjes espontáneos, predicadoras de pelo gastado, feligreses en camiseta. Todos representantes en la tierra de una divinidad descolorida, que encuentran en la plaza un verdadero santuario, un lugar donde reclutar fieles seguidores y predicar su oración confusa.

 

Allí están cada día -aunque el invierno los redujo al fin de semana- cantando sus loas. Algunos visten de traje corto, otros de sport. A otro más aventurado se lo ve con el hábito de un cristo redentor, barbas y cabello largo pegado a la cara. Pero en todos ellos hay una constante que genera cierta desconfianza. Un leve matiz apagado, un fuera de foco propio de Woody Allen.

En la plaza se juntan grupos numerosos que marchan al compás de una melodía zonza, acompañados de dudosas monjitas. A voz en cuello, y si la garganta no resiste, con megáfonos y amplificadores, para que nadie escape al mandato divino, predican el Evangelio. Pero la tarea no se resume a la oratoria desinteresada. Todos, en su medida, tienen como finalidad reclutar ovejas para su granja, para luego, en los templos -que también abundan en la zona- encontrar una mayor bendición.

 

Salmo primero. La revelación.

 

Un predicador de campera blanco ceniza, bufanda de lado al cuello, levanta su mano y aúlla el sermón. Su audiencia es ocasional, casi puesta allí como parte del decorado. El pastor cuenta experiencias de vida que tienen finales trágicos. Sin embargo, sus testimonios nunca concluyen, se diluyen antes de definir. Y de pronto arremete con el único mensaje que tiene en claro y, en definitiva, el que le interesa transmitir: “Dios maneja nuestro destino”, aunque no desdeña  hablar de Rodrigo y su trágica muerte (el rating no perdona, ni siquiera en la fe). Un hombre que no conoció baño por mucho tiempo se sienta justo enfrente y se coloca los auriculares. Otros dos contemplan sin pestañar, sin gesto alguno, recostados sobre sus codos en el pasto. El pastor lleva una cartuchera marrón en una mano y alza la otra para señalar con su índice al cielo cada vez que nombra al señor, pero el dedo no existe. Por gracia divina, por milagro, como un estigma divino, ese dedo está amputado de la mano del pastor.

 

Salmo segundo. ¿Dónde está Dios?

 

“¿Necesitas una oración, hermano?”, preguntan cuando uno se acerca curioso por los gritos de entusiasmo. Otro Pastor ejecuta lo que se asemeja más al exorcista de Linda Blair que al "God blessed you" de Steve Martin.

Arrodillado en medio de una ronda de seis personas un hombre pide salvación para su hijo. El Pastor pone su mano sobre la nuca e invoca al Señor, y hablan de Satanás, lo repelen, entonces notan que les falta algo. Debajo de las rodillas hay una bolsita de hilos de plástico tejido que reza “El rincón de Carlitos”, y dentro una biblia de la que leerán algún versículo. El pastor la deposita sobre el suelo y comienza a recitar, pero el viento se empecina en voltear una a una las hojas del libro. El pastor continúa recitando, aunque ya no se sabe qué está leyendo.

El Hermano es del Perú. Saluda sonriente y dice “gloria a dios” y sus acólitos lo emulan, bendicen y otra vez “gloria a dios”. Todo es digno de ser glorificado por dios.

Su templo no es el edificio de un viejo cine sino un modesto departamento "a tres cuadras de aquí. Ven, hermano, ven hoy mismo", invita.

-¿Un departamento? Pero, ¿cuántos son? “Gracias a dios, veintitrés almas”.

 

Salmo tercero. El juicio final.

 

"¡Nadie se interesa por dios!", se queja uno que no pudo sermonear. Luego, otro pastor lo llamará "el flaco". El flaco se va enojado. Hablaba del sonar de las trompetas. "Está aquí, en la Biblia", había dicho alzando su cartuchera marrón, donde todos deben guardar su libro sacro. El peruano se muestra esquivo y se evidencia una rivalidad.

"¿En qué Iglesia te congregas?", pregunta una mujer. La respuesta "aun en ninguna" ilumina los ojos de todos. “Nosotros nos reunimos aquí los fines de semana, pero hay muchos”, dice. -¿Están todos juntos? –pregunta el observador, con ingenuidad.

“No” remarca con gesto duro. “Cada uno busca gente para su Iglesia. Pero somos todos evangelistas”, dice para dar cuenta de que allí en la plaza, todos pertenecen al mismo bando, allí donde reina el olor a fritura quemada. En el mismo lugar donde duermen borrachos que se tambalean al clarear el día. En una manzana circundada por carritos de vendedores de golosinas y panchos, por morenos que venden paragüas forrados en bijoú y prostitutas que aguardan sentaditas el ocaso.

Enfrente, ajenos a las oraciones divinas, los pordioseros pasan la noche sobre colchones en la vereda, de cara al cielo, a tres grados de temperatura.

 

Un calendario que dice “el amor de dios, cada día” y un pasaje de la biblia para recordar la necesidad de amar a dios: “El que cree en Jesús no es condenado, pero en el que no cree ya ha sido condenado, porque no ha creído en el nombre del unigénito Hijo de Dios. Y esta es la condenación (sic): la luz vino al mundo, pero los hombres amaron más las tinieblas que la luz, porque sus obras eran malas, pues todo aquel que hace lo malo detesta la luz (...)”