(mapa
poético de las últimas dos décadas)
Por
Bode
Hay
escrituras que lucen en el momento que aparecen, algunas permanecen y otras se
apagan rápidamente. También hay escrituras como minas enterradas que explotan
tiempo después. Hay escritura... Algunas marcan una época, son caja de
resonancia y se expanden como voces que definen un lugar y un momento. Lo que
transmiten se convierte en asunto de muchos. Adquieren vida propia. Y pasamos a
mirar y a sentir a través de ellas.
En los 80 no había sótano donde alguien producido con basura y purpurina no recitara a los gritos la “Canción de la Madre Hoghart”, aquel poema de Osvaldo Lamborghini:
Cuando más límpidas te parezcan / Las aguas del lago / Y aún cuando
creas / Rebosar de plenitud / Igual recuérdame / Yo soy tu proveedora de droga
/ Cuando contemples / Con mirada ascendente y pura / El triunfo de los pájaros
/ Y la derrota de las olas / Igual recuérdame / Yo soy tu proveedora de droga
/ Cuando vayas al encuentro / De la amada o el amado / Sintiéndote
seguro / Del esplendor de sus pupilas / Igual recuérdame / Yo soy tu proveedora
de droga / Y no me abandones / Prematuramente / No te comportes / Como un
ingrato / Recuérdame siempre / Yo soy tu proveedora de droga.
Terminada la performance, el ambiente era asaltado por el recién
grabado “Glup” de los Redonditos. El Indio, además, tenía pista en la Cerdos
y Peces para desplegar su prosa:
Soy el trifantástico de moderno peinado tecno. Cargado de matarratas,
de veneno frívolo. Mi pelo cambia de acuerdo a la indiferencia. Vestido de
cuerina verde eléctrico, bailo cada noche y me transformo en un manjar exótico
para los perdidos.
En el 85 aparece El poder de nombrar de Fernando Noy: No habrás muerto / al menos mientras yo siga vivo / y luego que esto no me ocurra / ya no estarás tan solo / como yo / sin mí. Su vibración haría de preludio para la irrupción de Batato, Tortonese, Urdapilleta y su rescate de Pizarnik, de Alfonsina. ¿Cómo olvidar a Batato murmurando con la mirada perdida aquel verso de Alejandra: “hay que mirar con inocencia, como si no pasara nada, lo cual es cierto”? Paralelamente, como se dice, “en el bar de enfrente”, Quique Fogwill creaba la editorial Tierra Baldía y editaba a Néstor Perlongher:
Bajo las matas / En los pajonales / Sobre los puentes / En los canales / Hay Cadáveres / En la trilla de un tren que nunca se detiene / En la estela de un barco que naufraga / En una olilla, que se desvanece / En los muelles los apeaderos los trampolines los malecones...
“Cadáveres” se convertiría en
estas pampas en un símbolo, algo así como el “Aullido” de Allen Guinsberg
para los beatniks.
“Hay Cadáveres / En las redes de los pescadores / En el tropiezo de los cangrejos / En la del pelo que se toma / Con un prendedorcito descolgado / Hay Cadáveres / En lo preciso de esta ausencia / En lo que raya esa palabra / En su divina presencia / Comandante, en su raya / Hay Cadáveres...”
Los 90, se sabe, empezaron en el 87 y en la revista Último
Reino aparece un adelanto de Susy,
secretos del corazón, el libro de Susana Villalba:
La posmodernidad es muy contradictoria no quiere tener un nombre pero se
muere por ser reconocida así que la posmo nomás la susy mezcla de museta y de
mimí asume sus contradicciones es lo que es hace terapia gestalt no interpreta
no siente culpas los símbolos de pitágoras son números telefónicos canales
de tv se ve todas las novelas sí y que está podrida de esos maricones no
asumidos que le proponen encuentros fugaces todos muy free muy descomprometidos
hasta que se enamoran como caballos de una buena chica que sabe fraccionar la
blanca como lo hacían nuestras abuelas porque ya se sabe la marihuana no se usa
más el ocio es demasiado hippie así que se sienta a escuchar radioteatros (la
tele es muy sixty) y llora y se ríe de esos villancitos de 3 al cuarto pero si
aparece una imitación de caballero que le enciende el cigarrillo (aunque fumar
es demodée) le abre la puerta en fin no lo soporta ella que las curtió todas
porque era moderna había tantas propuestas: el surrealismo el estructuralismo
el sonido el sentido Lacan la ruptura la pegada el olvido el sadismo la seducción
la revolución la invención de un estilo...
A contrapelo de la década posmo, el ciclo de
lectura-abierta Yacaré Cumbiao genera un ritual: los martes a la noche un grupo
heterogéneo se reúne en bares a festejar el momento. No queda más registro
que hojas sueltas y el recuerdo de los que participaron. Lo que sí se puede
apuntar es la circulación de dos libros que se releían y comentaban con
entusiasmo y a los que se podría tener como representativos de este ambiente: Poemas,
de Ricardo Carreira (editado por Claudia Schvartz con colaboración de Roberto
Jacoby y Fernando Bedoya):
Toco
la flor. flor. / Y llega a mis ojos.
/ Una sola partícula de luz me toca. partícula, luz. /
Siento el toque. / Al toque lo siento en mí, de color, amarillo. toque, color,
amarillo. / La veo. / La luz me cuenta que cambio de frecuencia,
simplemente cuando toco la flor. luz, frecuencia, flor. /
Me cuenta. / Un poco de luz toca mi oreja. luz, oreja. / Y mis
manos. manos.
El 2000 empieza con el cruce de distintas revistas y circuitos que ventilan el paisaje: La Novia de Tyson, Belleza y Felicidad, Los Amigos de lo Ajeno, Zapatos Rojos, Antojo de burro, Nunca nunca quisiera irme a casa, Ediciones Del Diego. Como se señala más arriba, algunas escrituras se convierten en asunto de muchos. Así, “Todos putos (una bendición)” el poemario de Esteban García:
Todos los poetas gay / sienten placer especial en mostrar que son muy gay / todos los poetas gay / quieren que alguien los desprecie y se queje / de cómo está el mundo y piense / trolos de mierda / para ellos reírse / y hacer como que no les importa porque son superiores / todos los poetas gay a veces quieren / que no se considere su poesía como poesía gay sino / como que tiene un gran valor universal para toda la humanidad / pero ningún poeta gay / puede resistir la tentación de seguir hablando todo el tiempo como una loca / de hombres y de pijas en sus poemas / todos los poetas gay son reiterativos y aburridos / y no tienen ningún vuelo poético / porque cuando un poeta gay llega al punto máximo del lirismo / de cualquier poema que está escribiendo / su cabeza nada más piensa pijapijapijapijapija...
y “La máquina de hacer paraguayitos”, (Ediciones Siesta) de Washington Cucurto:
Ah, qué terrible costumbre cumbiantera tienen, de andar lamiendo las patas de la mesa, los huevos del portero; cuando sumisa inclinas porteril la regadera, sobre la maceta de alelíes, barren todo cuanto a su paso se topa, óyelas cómo van: luciendo su lengua colorada de dominicana ardiente, con verdadero fervor boquense: por las piezas del yoti yirean las mulatas, tus tres primas libidinosas, Idalina, Justina, Miguelina, se ensucian y se ensañan con la leche de los machos, usan tus enaguas, guasquean tus bombachas; a la chueca se engullen la chicha de la mesa, a la polaca se transan y trasca que les cabe el 69 / del contramaestre, / hubiese ocurrido que las mandara de vuelta / a Santiago de los Caballeros, / hubiese ocurrido también, / que improvisara porteño inoportuno / y las hiciera trabajar en el sauna / de Córdoba y Laprida, de San Juan y Bolívar.
Si hay escrituras-bisagra que se adelantan a su momento y sensibilidades que se vuelven legibles con posterioridad al día que marcaron, también hay frases que sueñan desde el pasado y proyectan su Deseo. Por eso me parece justo (justo, por aquello de “justicia poética”) cerrar este mapa caprichoso y plagado de omisiones con la palabra del poeta persa Omar Khayyam. A modo de síntesis, germen y orilla, no olvidemos la música de
bebe el vino
y mira las rosas
tal vez mañana
la luna
te busque en vano.