Compre Nacional

Por Leonardo Iglesias/ Gabriel Zuzek

  La Feria de Mataderos intenta difundir nuestras raíces culturales. En ella se mezclan gauchos e inmigrantes. Platería con pochoclos. Tango con folcklore y una extensa gama de contradicciones. Domingos y feriados se percibe una espontaneidad cuidada.

La mirada del gaucho El Resero es cansina y lejana. Su caballo algo encorvado parece cansado. Igual ya no tiene que caminar más. Ahora ambos son una estatua. Gris, como todas. Presiente que es domingo, pero ¿de qué año?. El Resero ya no recuerda ni año, ni siglo, ni nada. El vino tinto y los años no es buena mezcla comentaban en el pago. Pero se dice que un gaucho sin trago no es gaucho y El Resero es fiel a los dichos. Ahí lo pusieron, de espalda al mercado y mirando siempre hacia la Avenida de los Corrales, donde ya no hay corrales. Lo que hay es asfalto y gente apurada armando algo. Aunque no puede girar la cabeza siente que sobre la calle Lisandro de la Torre también hay personas trabajando. ¿No era que el domingo se descansaba? ¿Qué época es esta?. Para una estatua el tiempo no corre. El Resero entrecierra los ojos, piensa y trata de recordar: domingo, barrio de Mataderos, gente. La Feria, deduce. De a poco va entendiendo y se acomoda en su caballo para observar con mayor detenimiento. El sol del mediodía le empieza a calentar la cabeza y no hay sombrero que aguante. A su espalda el reloj del Mercado Nacional de Hacienda marca las once y la Feria de Mataderos ya está en marcha. “Este monumento es un homenaje a Don Segundo Sombra y a todos los reseros que eran los tipos que se contrataban para arriar el ganado en pie que se traía de los campos”, rememora Marcelo Moreno orgulloso de cargar 62 años de gaucho sobre su espalda.

 

Feria y feriantes

Dos vallas que cortan el tránsito de Lisandro de la Torre limitan la entrada o salida a la Feria. Frente a la renovada comisaría 42, las mesas de la parrilla “Vieja Recova” esperan en la vereda y el olor de la carne al fuego desorienta a los policías apostados en la puerta de la seccional: en la Feria no se vende pizza. Delante de la estatua de El Resero, está instalado un escenario de tablas con dos parlantes saturados que escupen chacareras, zambas y algún sapucai desafinado. “Oficialmente está declarada como “Feria de las Artesanías y Tradiciones Populares” y hace catorce años que empezamos con esta idea. El objetivo fue crear un espacio para la producción cultural después de la dictadura. Y en este lugar, se mezclan el campo y la ciudad por lo tanto hay mucha variedad. Acá viene desde cualquier hijo de vecino hasta la familia Anchorena”, afirma la Licenciada en Letras Sara Vinocur, fundadora y actual coordinadora de la Feria.

Entre la variada fauna que la recorre los domingos y feriados se destacan  hombres y mujeres con típicos atuendos gauchescos. Sin embargo, mezclados entre la criollada suelen verse algunas caras coloradas con cabellos rubios que miran con un ojo lo que los rodea y con el otro chequean que la cámara último modelo registre lo que filman. Son los inconfundibles gringos que dejan buena parte de su billetera en los puestos de platería gauchesca, los más caros de la feria. Unas boleadoras de plata varían entre los $75 y los $ 165; los cuchillos y facones con vaina no bajan de los $300 y el tope son los $1200. Pero no todo es lo que brilla es plata. Además se pueden encontrar trabajos  hechos en madera, distintos tejidos y cerámicas a precios más económicos. Otros con oficio de gourmets ofrecen dulces caseros, licores de consistente graduación alcohólica y facturas camperas como longanizas, salamines y mortadelas. Tampoco faltan los artesanos del fileteado porteño que son la atracción de los turistas y una de las estaciones fijas de la visita guiada gratuita, en la que un guía de religioso poncho rojo y negro tiene que gritar para que alguien le preste atención.  Los puestos de venta  rodean al monumento del Resero, y disfrutan de la sombra que regalan añejas tipas. Entre los puntos fijos y rotativos suman unos cuatrocientos, pero no cualquiera tiene la posibilidad de instalarse en la Feria. Aquellos que quieren ingresar  a vender su mercadería deben pasar una instancia de selección. Una vez seleccionados, los precios para colocar un puesto rondan los $10 para los titulares, $15 los invitados y $5 los jubilados. Las Asociaciones, Fundaciones o indígenas autóctonos pueden colocar su puesto en forma gratuita ya que gozan de la condición de becados por el Gobierno de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires.

 

 

Bailando en una pata

 

Después del mediodía un gaucho con tonada santiagueña sube al escenario. Micrófono en mano cuenta chistes flatos y de escasa ironía dando comienzo formalmente a la fiesta. La gente empieza a juntarse para ver el espectáculo pero reserva un espacio para aquellos que pañuelo blanco en mano, están desbocados por bailar. Por ese escenario en fechas patrias han pasado artistas  de la talla de Víctor Heredia, Antonio Tormo, Ramona Galarza, el Chango Spasiuk y otros. Sin embargo, el orgullo para los organizadores fueron los treinta minutos que cantó el cuartetero Rodrigo cuando todavía no se  había convertido en un boom mediático.  Se escuchan los primeros acordes y ya el baile está en su punto álgido. Caminar tranquilo se hace imposible, por lo tanto conviene rumbear hacia algún punto dónde el humo indique que hay comida.

Con más cara de marinero ruso que de paisano, Paco transpira, acomoda las brasas y dice: “hay que venir temprano para armar todo el circo, pero no importa por que vender, se vende. La cagada es cuando se larga a llover y ya sabes donde me tengo que meter los chori”. El mostrador de Paco es un tablón con grasa sostenido por unas chapas verdes. Al lado de la parrilla, hay un cartel pintado a mano que oferta “choripán y vino” por $2. Si al interesado le molesta comer de parado, tiene la posibilidad de meterse en el algún bodegón. En la esquina de Lisandro de la Torre y Avenida de los Corrales, está el tradicional bar “Oviedo”. La fachada es de 1900 y sus paredes están pintadas de azul y amarillo chillón. Adentro la luz es escasa, las mesas están forradas con un mantel de nylon y los platos del día se leen en unas borrosas cartulinas.  La parrillada completa cuesta $16 y una porción de queso y dulce, $3. En la mano de enfrente la fonda “La Buseca”, a tono con el ajuste nacional, ofrece precios más populares. Otra de las posibilidades para hincar el diente son los tamales, empanadas y tortas fritas que se pueden acompañar con una buena taza de chocolate o mate cocido. 

Cuando los caballos se preparan para la corrida de sortijas el aire se enrarece. El aroma de la bosta fresca, el humo de la carne asada y el perfume a jazmín de los sahumerios van elaborando una  fragancia indescifrable. El galope no retumba como en el campo porque en Mataderos los caballos corren en una delgada capa de arena desparramada sobre el asfalto de la calle Lisandro de la Torre. La corrida consiste en montar a toda velocidad unos cincuenta metros hasta llegar a un arco del cual cuelga una arandela. Los jinetes sostienen en una mano las riendas y en la otra un lápiz con el cual deben atravesar la sortija. La corrida asombra al principio, pero a la cuarta o quinta pasada de los corredores la diversión inicial se vuelve monotonía. A  pocos metros se escuchan los cándidos alaridos de cantores y payadores que repiten coplas y vasos.

 Culturalmente la Feria de Mataderos ofrece distintos talleres gratuitos como el de Tango, Cestería, Lengua Quichua, Ajedrez y otros. Los niños también tienen su espacio. Mientras sus abuelos o padres gastan los tamangos en el baile, ellos pueden disfrutar de funciones de títeres o del cine club infantil.

 

La retirada

 

Las parrillas peladas y los primeros focos prendidos en los puestos son señales de que la tarde ya es noche. Esto no impide que la Feria continúe. Pero no es lo mismo. Los cuerpos sienten el cansancio, y los pañuelos ya no danzan en el aire. Ahora cubren los cuellos porque “se vino la fresca”. Los puesteros intentan vender algo más mientras van guardando sus artesanías que descansarán hasta el domingo siguiente. A algunos todavía les quedó la garganta caliente y con parsimonia apuran el último trago. Quizá, el anteúltimo. Nunca es bueno quedarse con las ganas.

Fiel a su humanidad de piedra, el estoico Resero aprovecha su condición de espectador privilegiado y sonríe despacito ahora que las sombras están de su lado. Ya no quedan tantos, se están yendo.  Y el lunes volverá la rutina. Mirar los camiones de hacienda que llegan de madrugada al Mercado