Gervasio Landívar nació en Buenos Aires en 1967. Participó en una antología que no tuvo la menor repercusión y publicó algunos cuentos en un diario que no conviene mencionar. Sus amigos, no obstante, le aseguran que tiene condiciones para la escritura.

El asesino de la señora Olga

  A la memoria de Francisco de Quevedo y Villegas

No confundan la voz de este cuento con la primera persona y el yo omnisciente de otros cuentos que puedan haber leído, porque el que les habla es Dios. Soy Dios. Soy el que soy. No olviden mientras lean que estoy poniéndoMe a vuestra altura y que vuestro deber es amarMe por encima de todas las cosas.

Hace unos años, uno de Mis sacerdotes medró en un triste suburbio de Buenos Aires dejando que se le atribuyeran poderes milagrosos. A veces autorizo los portentos, pero este no fue el caso. De todos modos, una serie de magistrados de aquel lugar, acompañados por señoras pudientes y desequilibradas (algunas vinculadas a las mafias nuevas, otras elegantonas, salidas de la Guía Social), empezaron a mimar a Mi presbítero, que no rechazó sus atenciones. Rápidamente, el padre Daniel se convirtió en una fuente de entretenimiento para mucha gente con tiempo libre: políticos, hacendadas con inquietudes, dueñas de fábricas, secretarias libidinosas y devotas, beatas de barrio, y Mis queridas y apestosas criaturas de las villas miseria, cuyos vicios repugnantes perdono sin pensarlo dos veces, porque pecan como los animales, sin haber probado el fruto del árbol de la ciencia del bien y del mal.

Taimado, el padre Daniel entregóse a muchos vicios, especialmente a la curación y a la profecía. Curaba por imposición de manos la conjuntivitis y el cáncer, y pronosticaba el futuro criminal de los poderosos, a los que despedía con besos. Terminé perdiendo la paciencia y, cuando murió, mandé colocarlo en el Purgatorio. No crean que fui benigno: bien explicaron Mis teólogos que los sufrimientos del Purgatorio son tan intensos como los del Infierno, la única diferencia es que en algún momento cesan.

Desgraciadamente, los errores de Mi clerizángano prodigioso perduraron. Las señoras lo quisieron aún más estando muerto y hoy vuelcan sus fondos a manos llenas en las arcas tragonas de Olga que, asociada con los más depravados caudillos de la plebe, percibe más oronda y seria que nadie los frutos de su feliz conchabanza. ¡Las caras que pone cuando sale por televisión! Tendrían que verla.

Su origen no es del todo ruin. La hice nacer en una casa semidecente, de inmigrantes que alternaban el eructo de buen tono con la pretensión vocabulista, el comercio al menudeo con el empleo municipal; pero el ansia de figuración social, que en su medio modesto sólo era posible a través de las actividades parroquiales, y el hecho de que su marido no le estimulara digitalmente el clítoris durante el coito (Yo soy Jehová, que todo lo ve), terminaron convirtiéndola en una misticona insufrible. Pero nunca fue una de esas santurronas que inspiran cierta lástima y hasta simpatía, y que con esmero lustran Mis altares. Olga fue siempre muy ambiciosa para resignarse al papel de florista de iglesia. Cuando supo de la existencia del padre Daniel, percibió intuitiva una veta interesante y acudió, desde su entonces no lejano domicilio, a ofrecerle sus servicios.

Lo acaparó. Sumergido el otro cada vez más en las visitas secretas de los magnates, confundido por la ardiente cáfila de crédulos que lo superaban en fe y le ofrecían la ternura vil de sus sonrisas arrobadas, alabado por cretinos de toda condición, se vio, una noche    lúcida, desvirtuado por completo, y acabó por ceder el  mecanismo de sus días a la señora Olga, que lo acechaba como el perdiguero a su presa.

Hoy, la señora Olga (perra pecadora a la que amo infinitamente, como hija Mía que es) es considerada la heredera del padre Daniel, y activa custodia de su obra. Los maledicientes, que deberán arrepentirse si quieren contemplarMe algún día, afirman que entre los dos hubo amores. No es así, los toqueteos fueron involuntarios y se debieron a que el padre Daniel se movía mucho cuando, en los últimos tiempos, ella lo bañaba. Y es que la señora Olga controla con mano dura su apetito venéreo, a diferencia de tantas damas moriondas que ahora la cortejan.

Y así, ayudada por un hábil hijo con anteojos de sol que tuvo hace treinta y cinco años (de nombre Tino), la señora Olga ha ido comprándose un departamento de cuatro dormitorios (cerca de una placita con embajadas), dos automóviles (es que tiene que viajar mucho), vestuario y joyería duty-free, amén de las cuentas depositadas Yo sé dónde. Cuando alguna visita observa con suspicacia los recientes esplendores, Olga se apresura a explicar que su marido, nacido en Italia, “es de familia de fortuna” y que ellos vivieron siempre muy bien. Los más felices, de todos modos, son los dueños de una confitería cercana, ya que la señora Olga no para de organizar unos cocktail-parties indigestos a los que acuden entusiastas millonarias (las más pitucas miran los abigarrados biscuits con leve sorna, las peronachas la felicitan y le dicen “mi amor”; todas se llevan a las mil maravillas). Igualmente de rigueur son las embajadoras centroamericanas, alguna rastrera amiga de barrio promovida a colaboradora, amigos de Tino con celulares minúsculos y novias que pueden tocarse las tetas con el mentón, políticos viejos, precedidos por un olor meloso a colonia y a trapacería; Montescos y Capuletos crapulosamente abrazados en Mi nombre, perdonando los mutuos asesinatos con un guiño canchero, alabando a Olga cuando las alabanzas sólo a Mí son debidas.

Ustedes no saben lo que es ser Dios, la cantidad de abominaciones de las que debo ocuparme, los precipicios de vulgaridad que han surgido de la libertad que instalé en el mundo y que conozco en detalle, uno por uno. Y cómo tengo que estar castigando a los hombres todo el tiempo, todo el tiempo, todo el tiempo. Ahora que las personas inteligentes ya no creen en Mí, está de moda decir que Mi justicia es imperceptible, que los malos mueren contentos y los buenos se afligen. No es así. Mi justicia no espera a la muerte; continuamente la aplico y los más sabios, aunque sean ateos, no lo ignoran. Tomen a cualquier rufián que prospera y analícenlo detenidamente, piensen bien en él, consideren los defectos de su forma, la manera en que evita pensar, lo restringido de su mirada, la triste función de sus manos, sus ocupaciones cotidianas, hora por hora y minuto por minuto, véanlo condenado a ser él mismo. Pronto sentirán tanta compasión por él que querrán ayudarlo de alguna manera. Pero será tarde. Porque todo lo vi y lo pesé y sólo con impedir el cambio, obligando a cada individuo a empeñarse en ser quien es, instauro el Infierno. Eso haré con Olga, la obligaré a ser la señora Olga para siempre y, al final, la asesinaré, a ella y a Tino, como hago con todos, ya que a nadie preservo de la muerte, aunque a algunos premie luego. Porque ya le dije al justo: “Siéntate a mi diestra en tanto pongo a tus enemigos como escabel a tus pies” y le hice saber también que estaré a su lado quebrantando reyes el día de Mi ira; juzgaré a las naciones, llenando la región de cadáveres, y aplastaré cabezas en vasto campo. En el camino beberé del torrente, y con eso erguiré la cabeza. Es palabra Mía.