Arte 
Hoy: Cristina Piffer


 

Estómago y riñones además de una mayúscula poética de lo frontal es lo que Cristina Piffer exhibe en la realización de su obra que, básicamente, consiste en incluir carnes (rosadas, turgentes, frescas, luminosas, sabrosas) en herméticas rocas acrílicas para su exhibición.

Los frescos y transparentes bloques fósiles acogen hendidos los textos, que como las carnes les pertenecieron o fueron citados por otros en un primer intento de señalar sus presencias en algún documento.

Esta obra nos ofrece además, una de las escasas oportunidades que brindan las artes visuales argentinas para detenerse a interpretar por medio del imaginario, la conciencia política y el sesgo histórico con el que cada uno desee hacerlo, los datos y señales que se exhiben y reflexionar acerca de nuestra historia y su particular estilo de resolver los conflictos de las ideas y el ejercicio del poder.

Entonces, poner por narices (hedores aparte) la capacidad nacional de institucionalizar el crimen para convertirlo luego mediante una íconecta interpretación de los hechosî en un esperable resultado de ajenas rencillas sectarias de irrepresentativos grupos totalmente alejados de nuestra pulcra sociedad bien pensante, es un acto de coraje intelectual más que valorable en un contexto donde la displicencia crítica y el circular por la levedad de las formas parece ser una ideología más que un estilo, una suerte de parsimonia frente a los conflictos que lejos de resultar una actitud zen parece un sentimiento de indiferencia común a los miembros de alguna misteriosa corte global frente a la exclusión y la muerte.

Sin embargo mas allá de las libertades de conciencia plurales, no puede uno dejar de instalarse en las que hizo propias, y percibir la hipocresía del dominio frente a una contundente mesa metálica, tan institucional como la mesa del Cabildo o aun la de la histórica Casa de Tucumán y por qué no la afrancesada tabla donde juraron la ley y la justicia y la libertad por dios y porla patria y los santos evangelios los tantos gobernantes que nos gobernaron.

Así se comprometieron también a decir la verdad y toda la verdad los forenses que desconocieron el cuerpo de la muerte así como sus causas en todos los casos en que enmudecieron al cadáver para que no delatara o comprometiera a sus asesinos.

Y allí están todos ellos y los tantos otros que no fueron referidos pero bien se sabe que son nada más que aquellos que ocuparon los puntos suspensivos de este interminable diario de arbitrariedad con el que se teje la historia y que finalmente concluye con un estilo, una forma de ser que hasta puede instituirse en la literatura (Borges, por caso).

Vaya uno a saber si los textos resultan confirmatorios, irónicamente repudiables o simplemente vistos con los ojos de un testigo extranjero.

Pequeños dramas históricos, vívidos, carnales, muertos pero elocuentes, frescos pero encapsulados.

Esto señala también, lo capsular de lo argentino, esa capacidad de cerrar capítulos, encadenar todos y cada uno de los conflictos en celosas cajas herméticas, oscuras, legislables, infranqueables, burocráticas y peligrosas. Posesiones de innumerables Pandoras que amenazan desde el zanjón de los tiempos con arrojar sobre todos nosotros los males que encierran, mortales para todos aquellos que intentan asomarse a los diferentes pasados y letales también para todos sus contemporáneos incluidos sus seres más queridos así como sus más penosos enemigos.

Es que con tanta amenaza logran el concurso del silencio y el olvido. Poner en transparencia la carne de estos nombres es un paso hacia alguna claridad.

Tal vez el siguiente sea dejar la carne viva y luego de reconocer su identidad, su historia, la que nos pertenece, darle entonces su última y primera sepultura.

                                                           

Fernando Fazzolari