Adriano so
free
Hace 30 años alguien asesinó a un comisario italiano. Nunca se supo quiénes fueron. Dieciséis años después un “arrepentido” acusó a un reconocido intelectual italiano. Adriano Sofri (57 años) está preso hace más de 8 años en la cárcel de Pisa, Italia, a la espera del resultado de un nuevo proceso
A comienzos de los 70, la izquierda italiana sospechaba que el comisario Luigi Calabresi era responsable de la muerte del anarquista Giuseppe Pinelli. Según el relato policial, se había tirado por la ventana de la Jefatura de la Policía de Milán el 15 de diciembre de 1969. Nadie creyó en la versión del suicidio. (Así fue que, más adelante, su muerte se convirtió en el tema central de la parodia de Dario Fo, “Muerte accidental de un anarquista”). Según la autopsia, Pinelli había recibido en el pecho una patada de karate. Se desató, entonces, una amplia campaña de prensa llevada a cabo por toda la izquierda. Las críticas más duras contra Calabresi provinieron del periódico “Lotta Continua”, portavoz del partido del mismo nombre, identificado con la extrema izquierda, a pesar de no poseer (oficialmente) un brazo armado.
El 17 de mayo de 1972, asesinos nunca identificados mataron a Calabresi: dos tiros de pistola a quemarropa. Era la vendetta por la muerte de Pinelli, un muchacho que satelitaba el ambiente anarquista y libertario de la época. Las sospechas iniciales apuntaron directamente a “Lotta Continua”, pero no se encontraron pruebas para inculpar a ninguno de sus integrantes.
En 1976 el partido se disuelve. El periódico sigue saliendo algunos años más. Ya en los 80, Adriano Sofri, ex líder de la organización, se vincula con el socialismo, y en particular con Bettino Craxi, al cual asesora en algunos momentos de su gestión como primer ministro.
Sin que mediara ningún desencadenante conocido, en julio de 1988, Leonardo Marino, ex miembro de “Lotta Continua, se autoinculpó del asesinato del comisario Calabresi. También incriminó a Adriano Sofri y a otros dos ex camaradas: Ovidio Bompressi y Giorgio Pietrostefani. Según la versión del inesperado arrepentido, Sofri y Pietrostefani le encargaron el asesinato, concretado por él y Bompressi. Según su relato, el encargo ocurrió en la ciudad de Pisa, durante la fiesta de la Unitá (la reunión anual, convocada por el PCI, en conmemoración de la unidad italiana) bajo el sol de un día bellísimo.
Días después, Sofri, Pietrostefani y Bompressi fueron llevados a los cuarteles de los Carabinieri de Milán. La imputación se basaba en las declaraciones de Marino. A los tres meses fueron puestos en libertad. Pero, según la contundencia de las sentencias, el descarte de las pruebas presentadas por la defensa y la poca claridad del procedimiento, ya había comenzado el juicio más polémico, confuso e injusto que haya enfrentado Italia en los últimos años.
El 2 de mayo de 1990, después de un proceso que dividió a la opinión pública, la Corte de Apelación de Milán condenó a Sofri y Pietrostefani (como mandatarios del crimen) y a Bompresssi (como ejecutor material del mismo) a 22 años de prisión. Marino, gracias a la ley del arrepentido, recibió la mitad de esa condena.
Durante 10 años el proceso pasó por distintas instancias y magistrados. Todos confirmaron la sentencia y todos pertenecían a la Corte de Milán, la menos discutida y la más legitimada de Italia. Intelectuales de la talla de Maurice Blanchot, Cornelius Castoriadis, Jacques Derrida, Carlo Ginzburg y Antonio Tabucchi, entre muchos otros, reclamaron la liberación de Sofri, uno de los intelectuales más brillantes que dio Italia después de Pier Paolo Pasolini. Pero había (y hay) tantos defensores como detractores en cualquiera de los múltiples partidos que gobiernan la península.
En 1999 la Corte de Brescia aceptó la revisión del caso basándose en nuevas pruebas presentadas por los defensores. El 24 de agosto de ese año Sofri y Pietrostefani recuperaron una efímera libertad condicional, en espera de la reapertura del caso, esta vez, en la Corte de Venecia. En tanto, Bompressi cumplía la sentencia en su casa por razones de salud.
Cinco meses después, Adriano Sofri regresó a la misma celda de la cárcel de Don Bosco, en Pisa. En su bolso negro llevaba las obras de Stendhal, cuadernos, papel de carta y las 92 páginas de su alegato.
La sentencia fue confirmada. Bompressi y Pietrostefani, presintiendo el dictamen, se fugaron. A Sofri le quedan 17 años de prisión.
- Ustedes tuvieron el apoyo de muchos intelectuales. ¿De quién esperaba ese apoyo y no lo recibió, y de quién no lo esperaba y sí lo recibió?
- Lo lamento pero voy a ser un poco elusivo: no recibí ninguna sorpresa, por decirlo así. Esperaba las expresiones amistosas y también esperaba que otras, en cambio, no se manifestaran.
- El Presidente del Consejo de Ministros, Massimo D’Alema, no emitió una opinión contundente, mientras que muchos de sus compañeros del Partido Democrático de la Izquierda sí los apoyaron, y además D’Alema estaba en Pisa cuando los hechos sucedieron.
- La cosa es un poco complicada... Él emitió ciertos juicios un poco lacónicos... pero en mi opinión estuvo muy bien. Dijo que le provocaba placer que se renovase el proceso, por lo tanto se expresó abiertamente a favor de esta revisión. Él hace bien en ser discreto, especialmente hoy, cuando es Jefe del Gobierno. Pero antes, él había aportado un detalle relacionado con la acusación contra mí... un detalle aparentemente fútil pero que en el proceso se volvió “locamente” importante: que llovía el día que yo le habría “encargado” el trabajo a Marino. Como D’Alema y otros dirigentes del PCI estaban en Pisa ese día, apoyaron mi versión.”
- ¿Qué puede decirnos de su experiencia carcelaria?
- Escribí mucho, demasiado, diría. Es mi principal actividad. Yo no soy de esos “penados” habilísimos para hacer cosas con las manos... Conozco muy bien la cárcel de Usuahia... Allí, en el Museo del Fin del Mundo, se pueden ver trabajos impresionantes de los penados de comienzos de siglo... Recuerdo un fósforo que un presidiario había grabado con el estribillo del himno nacional argentino. ¡Una miniatura increíble! ¡Allí hay una lupa para poder mirarla! Pero yo no sé hacer nada de eso... sé escribir, o por lo menos escribo mucho... En esta cárcel hay alguien, argentino, un hombre muy inteligente y muy sensible - no lo voy a nombrar, no sé si le gustaría... Y como yo amo mucho a la Argentina y él estaba un poco solo, nos hicimos amigos. Quiero contarles un par de cosas... La primera es un modo de decir que me pareció extraordinario y que en Italia, bajo esa forma, no existe. Un día paseábamos por el patio de la prisión, me vio mirando a un muchacho que estaba muy mal, y yo le dije: “Mirá que aspecto triste y abatido tiene ese muchacho”, y él me respondió: “Está más cerca del arpa que de la guitarra” (risas). Me pareció al mismo tiempo una frase extraordinaria y un poco cínica. Lo segundo es que este señor, que es de Mar del Plata, en un ataque de nostalgia me recitó, durante dos horas seguidas, sin detenerse ni dudar, el nombre de todas las calles de Mar del Plata. Las había aprendido jugando, cuando era niño, y le había servido durante un período para trabajar de cartero. Ese recitado fue algo extraordinario.
- ¿Dos años y medio en la cárcel cambiaron algo en usted?
- Yo ya soy una persona anciana y por lo tanto es difícil que cambie algo, probablemente sería bueno que lo hiciese (risas). Tengan en cuenta que es la tercera vez que voy a la cárcel. Ya había estado por pocos meses a comienzos de 1988, cuando comenzó esta historia. Y también siendo joven, cuando era un militante político. Para mí fue muy importante, porque cuando se es joven, y uno se cree un revolucionario, ir a la cárcel es una especie de obligación moral. Lo que diría sobre esta última experiencia es que teniendo yo, como cualquier persona realista, una idea muy melancólica de la carencia, de los defectos o de la injusticia, en la cárcel viví siendo consciente de que no se trata de un “defecto” de algo, de un vacío, de una falta, sino de una plenitud. Es decir que el mundo, y en particular la cárcel, está plena de injusticia. Nosotros pensamos en lo que falta, y en cambio debemos ser todavía más pesimistas y pensar en algo que hay, y en demasía.
-En estos dos años estuvo leyendo y escribiendo sobre la obra de Primo Levi. ¿Por qué se dedicó a él?
- En realidad lo que hice fue releerlo. Por un lado me puse a pensar más metódicamente en la cuestión de este pasado que todavía nos persigue. Y en particular estaba insatisfecho con el modo en que este pasado es tratado por la historia llamada “revisionista”. No es que yo sea ortodoxo, sino que pienso que se descarta el sentido de muchas existencias personales en nombre de un juicio histórico correcto. Por otro lado me pregunté: si cuando yo era joven tenía una gran facilidad para verlo y conversar con él, ¿por qué me conecté con su obra cuando él ya estaba muerto? Ahora siento el deseo irrealizable de hablar con él y discutir. Es una especie de lamento. Todo lo que sucedió en los últimos años y que fue tan importante para todos nosotros, y especialmente para mí - como lo que sucedió en la ex-Yugoslavia, después en Kosovo - me llevó a pensar, intensa y dramáticamente, en el período que culminó en la segunda guerra mundial, el modo en que nosotros vivimos de jóvenes la alternativa de Auschwitz e Hiroshima. Primo Levi, también por eso, es una especie de pilar, de confrontación inevitable.
- Usted dijo que le hubiera gustado estar en ciertos lugares en estos dos años y medio. ¿Cuáles fueron?
- No quiero parecer un combatiente de dos mundos, pero en estos años en particular, por cuestiones de participación humana y curiosidad política, hubiera querido ir a Ruanda, después a Argelia. Me molestó muchísimo estar en una jaula cuando sucedían cosas tan importantes y tremendas en Kosovo. Fue el momento más difícil: sentirse como un animal en una jaula mientras afuera se encuentran los compañeros con los que uno quisiera estar... Si hubiese estado libre habría ido al Cáucaso. Pero en general siento una gran nostalgia por todo, incluidos los sitios que nunca vi y que no tengo la menor intención de ver.
- ¿Es cierto que en Sarajevo existe un restaurante llamado “To be or not to be Adriano Sofri”?
- Es de unos amigos míos, y no se llama exactamente así, sino “To be or not to be Adriano so free”, donde mi apellido significa, pronunciado en inglés, “tan libre”.
- ¿Vivió en Sarajevo?
- Sí, pasé allí casi dos años, durante la guerra.
- ¿Qué expectativas tiene respecto a la reapertura del juicio?
- Ninguna confianza gratuita. Esperamos que se trate de una apertura efectiva, que el proceso no sea formal y burocrático, que no esté predeterminado, sino que verdaderamente se vuelva a examinar todo lo que debe ser reexaminado en base a la existencia de las nuevas pruebas.
- ¿Por qué es tan importante el caso Sofri en Italia?
- No creo que sea tan importante. El mundo tiene problemas mucho más importantes. Lo que veo es que el odio ligado al pasado se ha vuelto más vital de lo que yo hubiera podido imaginar. Fue sustituido por un odio moderno relacionado al modo de comportarme en este asunto. En otras palabras: ahora yo resulto antipático a cierta gente no por cómo era en el año ‘68 sino por cómo soy hoy.
- ¿Cómo es?
- Soy un buen tipo. Lo que fastidia es aquello que mis enemigos consideran una especie de arrogancia, esa falta de disponibilidad que tengo a someterme. Hay incluso fenómenos extraños, hasta de envidia: personas que sufren porque yo escribo para muchos diarios. El hecho de que yo haya terminado en una celda de tres metros por tres fue interpretado por algunos imbéciles como una especie de éxito... Durante dos años y medio consumí siete pares de zapatos y no fui a ninguna parte.
Adriano Sofri nació en 1942.
Fue detenido varias veces con motivo del mismo proceso. Entró y salió de la cárcel varias veces desde 1990. En total lleva alrededor de 8 años detenido y le quedan por cumplir 17 años de condena.
Redacta una columna permanente en la revista semanal "Panorama" de Italia.
Escribió numerosos libros, entre ellos:
- "Memoria"
- "La prision de los otros"
- "La sombra de Moro"
- "El futuro anterior"
- "Pasado remoto"..u