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En octubre de 1998, el ginecólogo Barnett Slepian estaba con sus cuatro hijos en la cocina de su casa en Buffalo (norte del estado de Nueva York), cuando
recibió un disparo en la espalda que acabó con su vida. Hacía años que los grupos antiabortistas desfilaban frente a la casa de Slepian que practicaba
abortos (una práctica que, aunque está prohibida y es demonizada por el discurso oficial en la Argentina, es absolutamente legal no sólo en Estados
Unidos, sino en casi todos los países desarrollados, hasta el punto que el presidente Bill Clinton repudió ese asesinato diciendo que el médico
"brindaba un servicio protegido por nuestra Constitución").
Slepian había advertido a los belicosos grupos antiabortistas que su prédica llevaría a la violencia: "no finjan inocencia cuando alguno de ustedes
dispare contra un médico; estos tipos de crímenes surgen de mentalidades que justifican cualquier medio para imponer una forma autoritaria de
pensamiento", había escrito en una carta publicada por un periódico local en 1992.
En octubre de 1998, en la otra punta de los Estados Unidos, un muchacho de 21 años, llamado Matthew Shepard, apareció atado a una rústica cerca de madera
en las afueras de la pequeña ciudad de Laramie (Wyoming). Pocas horas después de
ser llevado herido en estado desesperante al hospital, murió sin haber logrado recuperar nunca la conciencia.
El caso conmocionó durante meses a los Estados Unidos. La revista "Vanity Fair" tituló "La crucifixión de Matthew Shepard" el número
dedicado al tema.
El resto de la prensa lo convirtió en el tema periodístico del año.
Matthew Shepard había sido golpeado hasta ser convertirdo en una masa tumefacta por dos muchachos que, según sus palabras, "querían darle un
escarmiento a ese puto de mierda". Shepard era homosexual y creyó que los muchachos, a los que acababa de conocer en un bar, lo invitaban a divertirse
cuando lo llevaron con engaños a las afueras del pequeño pueblo.
El 19 de abril de 1995 el edificio Alfred Murrah, que albergaba varias oficinas del gobierno federal norteamericano en la ciudad de Oklahoma, fue
volado. El atentado terrorista en el que murieron decenas de personas y al menos un centenar resultaron heridas, fue obra de Timothy McVeigh, que fue
detenido poco después, portando un cuchillo de comando, una pistola 9 mm con munición capaz de perforar chalecos antibalas. La policía descubrió después
que el autor del atentado tenía en su habitación otras seis armas.
McVeigh forma parte del enorme ejército clandestino que se opone violentamente al gobierno federal norteamericano. Se calcula que son unos 100.000 hombres
armados, con instrucción militar (McVeigh había sido condecorado por su participación en la Guerra del Golfo). El odio que manifiestan contra el poder
central se debe a que lo acusan de formar parte de una conspiración contra los
verdaderos norteamericanos: los buenos chicos blancos de la Norteamérica profunda, que no quieren mezclarse con judíos, negros, latinos o asiáticos.
McVeigh se considera un prisionero de guerra: según él, el atentado fue una respuesta de "los verdaderos norteamericanos que se rebelan contra los
extranjeros y degenerados que quieren dominar EE.UU".
En la Navidad de 1993 Brandon Teena fue golpeado y violado tan salvajemente por dos de sus conocidos, que apenas podía moverse. Buscó protección policial
pero el sheriff Richardson, de las afueras rurales de Lincoln, en Nebraska, se la negó. En esa ciudad Teena vivió sus 21 años. Pocos días después de la
feroz paliza, el primero de enero de 1994, Teena fue asesinado por sus agresores,
John Lotter y Thomas Nissen, que también asesinaron a la dueña de la casa que le había dado resguardo y a un amigo de la dueña que ocasionalmente estaba
allí.
La historia de Brandon Teena es narrada en la película "Los muchachos no lloran", dirigida por Kimberly Peirce e interpretada por Hilary Swank
(candidata al Oscar como mejor actriz por este papel). Brandon era el nombre que Teena se había elegido cuando decidió, casi de niño, transformarse envarón: había nacido biológicamente mujer, pero nunca sintió que ese género
fuese el suyo. Tuvo varias novias y todo iba bien para él, hasta que fue detenido por un delito insignificante y se lo identificó públicamente como
mujer. Los asesinos dijeron que Teena "había violado la ley natural";
agregaron que cuando lo golpearon hasta matarlo no hicieron más que "demostrarle cómo se debe tratar a un engendro semejante".
Cuatro diferentes historias de violencia con un profundo denominador común: son crímenes de odio, delitos violentos, salvajes, inspirados en el odio al
que es diferente, ya sea a causa de su raza, de su orientación sexual, del color de su piel, de su religión, de sus creencias políticas o porque
manifiesta algo que el que odia rechaza como un fantasma que lo acosa - como sucede en el caso, más frecuente de lo que se supone, de los crímenes contra
minusválidos. En todo el mundo, incluso en la Argentina, se cometen cotidianamente crímenes
de odio. La bomba en la embajada de Israel, el atentado contra la sede de la AMIA y el asesinato, el 21 de setiembre de 1998, del almacenero
catamarqueño
Víctor Cayetano Escalante, porque "se trasvestía algunas noches, cuando
daba fiestas para jóvenes", son apenas algunos pocos ejemplos nacionales que
demuestran que esta categoría del horror no sucede únicamente en otras culturas.
Pero, aunque en todo el mundo se cometen crímenes de odio, Estados Unidos sigue siendo el único país en el que se los debate, se los reconoce como
una clase especial de crimen y se los castiga más severamente - incluso actualmente se está debatiendo ampliar la legislación para incluir nuevos
grupos perseguidos.
Además es el único en el que, por ley nacional, la oficina federal contra el delito (más conocida como FBI) lleva muy detalladas estadísticas. Las mismas
demuestran que en la última década - y tomando sólo los crímenes
denunciados, que son menos que los efectivamente realizados - los delitos de odio
crecieron a un ritmo del 50% anual.
Cada 24 horas, en los Estados Unidos, ocho afroamericanos, tres homosexuales, tres judíos y un hispano son víctimas de crímenes de odio. El tipo de ataque
basado en el odio que más ha crecido en la última década está dirigido
contra homosexuales.
El número de grupos activos que declaran públicamente su odio a negros, judíos, homosexuales, hispanos o asiáticos se triplicó en un año (de 1997 a
1998): según el informe de inteligencia de 1999 había en los Estados Unidos, a
fines del año anterior, 537 grupos activos que tenían el odio como principal motivo de agrupación y que se declaraban dispuestos a cometer actos violentosa causa de sus ideas.
A mediados de los 80 casi no había denuncias por crímenes de odio: eso se debe
tanto a que todavía la categoría delictiva no estaba asentada en la conciencia
social, como a que efectivamente ocurrían con menos frecuencia. En la extensanota de tapa que la revista dominical del diario "The New York Times"
dedicó
al tema, a mediados de 1999, se informaba que en algo más de 10 años se había
pasado de menos de 10 informaciones periodísticas anuales sobre este tipo de delito, a más de 11.000 cada 12 meses. No sólo hay más crímenes, sino que
cada vez son más virulentos: en 1999 unos 30 terminaron en la muerte del agredido y
cientos en heridas gravísimas. Es más, los crímenes de odio desafían la
tendencia de la criminalidad general en los Estados Unidos: mientras cada año, en el último lustro, la criminalidad general - en especial la criminalidad
violenta - disminuyó, los crímenes violentos de odio crecieron
exponencialmente.
Detrás de los minoritarios grupos organizados en torno al odio - un máximo
de 150.000 personas que prometen el Infierno en la Tierra a aquellos a quienes odian - están los millones de fanáticos del Bien. Cuando mataron al ginecólogo
Slepian, el reverendo Philip Benham, director de un grupo antiabortista que se había enfrentado con el médico asesinado, declaró a la prensa: "a pesar
de que él había matado a miles de niños inocentes (refiriéndose a los fetos),
entristece saber que murió". ¡Murió! Así lo dice Benhan, pero Slepian
no murió de un resfrío o en un accidente de carretera: lo mató un antiabortista, fue un
asesinato.
Un alto dignatario de la Iglesia Católica norteamericana consultado por la prensa dijo: "él era un asesino de inocentes; no voy a decir que me alegra
su muerte, pero prefiero rezar por el alma de los niños (otra vez "niños"
reemplazando la palabra fetos) a los que les impidió nacer".
A pesar de la enorme movilización pública que se desató en los Estados Unidos
cuando mataron al estudiante Matthew Shepard por ser gay, los dirigentes de los poderosos grupos de la derecha (como Foco en la Familia o Coalición
Cristiana) declararon que se armaba tanto alboroto porque los medios de comunicación están copados por pecadores, alegando que si el muchacho hubiese
sido heterosexual y lo hubieran atacado homosexuales - un hecho semejante no está registrado en toda la historia norteamericana - nadie se hubiera
preocupado.
Un grupo de madres cristianas fue al velorio de Matthew Shepard con carteles que decían "Ahora estás donde merecés: el Infierno" o "El
pecador recibe el castigo de Dios". El auge de estos grupos religiosos se debe a que viven la
religión no como un acto de amor, sino como una justificación del odio que sienten: nada para ellos es más importante que odiar al que llaman pecador.
Cuando el odio es motor de las creencias, la aparición de la violencia en las relaciones sociales es sólo cuestión de tiempo y de oportunidad.
Entre los grupos más virulentos se encuentran el Klu-Klux-Klan, la White Aryan Resistance (Resistencia de los blancos arios, cuya sigla es WAR, guerra), el
movimiento God Hate Fags (Dios odia a los maricas, dirigido por el reverendo Fred Phelps), las decenas de milicias armadas que luchan por la supremacía
blanca (Alianza Nacional, Milicia Víbora, Hermandad del Silencio, Milicia de
Kansas o la de Michigan, etc), las patotas de skinhead - muchos de los cuales terminan integrándose en grupos mayores, como las milicias-. Estos grupos
violentos cometen buena parte de los delitos impulsados por el odio; sin embargo, son individuos solitarios (a lo sumo, pequeños grupos), creyentes en
la verdad -especialmente, en lo que ellos llaman la verdad religiosa- los que cometen la mayoría de este tipo de crímenes. Para estos
"combatientes" de la
raza blanca, de la familia, o de Dios (así se ven ellos mismos), el cometer un crimen de odio es un "acto de amor". |